Ya disponible el nuevo número 9 de la revista Entremontes

La provincia de Cuenca, en los años de la guerra civil, fue zona republicana. Territorio de retaguardia, tránsito entre Madrid y Valencia, espacio de reorganización de unidades, acogida de refugiados, intendencia, hospital y tribunales.

En su dimensión histórica, dentro del conflicto, se producen hechos semejantes a los de tantos otros espacios donde la rebelión es sofocada y un cuerpo anarquista y miliciano toma posiciones prerrevolucionarias. La derecha política y económica, así como el estamento eclesiástico son sus objetivos; como también la participación voluntaria en los distintos frentes.

Uno de sus sellos de identidad fue el de ser margen fronterizo con los Nacionales en plena Serranía. El curso del río Tajo marcó parte de esta línea. No hubo grandes enfrentamientos pero sí toda una red de ingerencias tácticas y militares tanto hacia una vertiente como hacia la otra. Un “muro de Berlín” activo con múltiples agujeros gruyere. No es extraño, por tanto, que unidades de vigilancia, guerrilleros del XIV Cuerpo, milicianos del Rosal, como huidos de casi cualquier punto geográfico ocupasen temporal o permanentemente sus rincones.

Uno  de los lugares más significados allí enclavados, y no especialmente por la cuantía de hechos sino por la represión posterior en nada acorde con lo acontecido, es Vega del Codorno, al aire de Tragacete.

Vega del Codorno es un pueblo de supervivencia, aún hoy en día. Donde todo se ha construido por su propio vecindario. No hay hasta el final de la guerra, dada su corta historia como municipio, apenas unos diez años, grandes peticiones a la Diputación, ni para carreteras, locales comunitarios, o servicios sociales; apenas los algo más que coyunturales recursos a la Beneficencia, a finales de los años 20 y a inicio de los 40.

También tiene que ver su carácter con épocas y con densidad familiar. Diseminado en barrios, unas pocas familias, jornaleros o labradores. propician toda una amalgama de valores y actitudes. Endogamia que se expande entre los árboles genealógicos de los De la Hoz, Castillejo, Maeso, Cardo, Cava, González, Sánchez, y un poco menos entre los Nicolás, Martínez, Saiz, Alonso, Checa, Ochandio y Ferrel.

Hay por estas fechas una estructura básica maestros, herrero, molino, secretario, practicante, comercio, lo que resulta simplemente indicativo de un sistema básico que completa servicios y semeja un desarrollo más allá de los meros enfrentamientos.

Pues bien, la guerra civil trastoca todo. Y en este espacio de frontera, con sus muchas connotaciones, nos encontramos con siete muertos por motivos relacionados con intentos de deserción al Bando Nacional, pero con más de cuarenta encausados, doce fusilados en la saca más numerosa de la cárcel de Cuenca, y con seis muertos en prisión y cuatro más en el tiempo del maquis.

Conocer todo esto, cuando ya han transcurrido muchas décadas y hemos cambiado de siglo, es más que necesario. Y también triste tener que decirlo todavía. Vamos con demasiado retraso en el conocimiento y en el reconocimiento. El verdadero sentir de este trabajo. Así, creo que sabiendo esto, si en un futuro se diese una situación parecida habría más calma social, pues debería de haber mejor perspectiva de convivencia.

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“ANGELILLO” Y EL MONTE

En la imagen el abrazo de "Angelillo" con "Chaval" en Santa Cruz de Moya en octubre de 2008

Si escribimos el nombre de Gonzalo Cuallado Salinas en Google es posible que no encontremos muchas referencias. Y también pocos, muy pocos, sabrán a quién nos referimos y a quién queremos rendir un más que obligado homenaje tras que este mismo domingo (día 26J), cuando justamente cumplía 90 años, falleciese en su localidad de exilio y acogida, en Chaufailles (Francia). Pues aunque naciese en Valencia en 1926 y tuviese la casa familiar en uno de esos chalets-cooperativa republicanos de la calle José Zaragozá su vida no fue nada fácil. Sobre todo en aquellos años de la cruel represión franco-falangista de la década de los 40 y 50. Él fue siempre una persona alegre, trabajadora, sencilla, con un futuro obrero en alguna de las carpinterías que pululaban por las plantas bajas del barrio de Patraix. Pero su calle era sinónimo de comunistas y socialistas, y la policía visitaba, con todas las connotaciones de duelo y represión añadidas, las viviendas cada dos por tres. Hasta a su padre vinieron a detenerlo cuando yacía de cuerpo presente, pues había sido un destacado dirigente del PSOE. Es por ello que en el primer momento que llegó hasta sus oídos, sotovoce, la noticia de la actividad guerrillera no se lo pensó dos veces y junto con otros jóvenes del barrio (Vicente Boix, Lucas Hernández y Elietes) partieron al monte no presentándose en la Caja de Reclutas al requerimiento de su quinta. Era el 10 de diciembre de 1946. Tenía 20 años y se le pondría el sobrenombre de “Angelillo”, por lo mucho y bien que cantaba, en homenaje a ese reconocido músico madrileño de dulces colores, de la copla. Aunque fuesen sus ronquidos lo que más preocupara a sus compañeros en más de una ocasión al hilo de las noches entre sábanas de romero. Como guerrillero antifranquista, integrado en la AGLA (Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón) estuvo casi siempre a las órdenes de “Jalisco” y de “Chaval”, y de “Grande”, jefe de Sector de todos ellos y que alguna vez algún historiador militar le reconocerá el honor de haber sido el mejor jefe de guerrillas de todos los tiempos en la España moderna. La zona de Cofrentes fue su lugar de acción más habitual. Solo en 1952, tras seis años de monte, y lucha y resistencia contra todo el poder de la dictadura que amalgama un sin fin de asperezas de derecho de ley, “Angelillo”, “Ventura” y “Teo” partieron hacia el exilio de Francia. Ya se había decidido la evacuación general. Allí rehizo su vida, primero con nombre falso, con el que muchos todavía aún lo saludaban, y luego con el verdadero. Allí se casó con Oliette, y formó su familia de la que nacieron dos hijos. Retomó su oficio de carpintero con el aprecio de todos sus vecinos, y en especial del dueño de la carpintería que lo elegiría a él en el momento del traspaso. Siguió siendo comunista, pues era la militancia base del monte, y junto con “Carlos el Catalán”, su esposa Cinta y un buen puñado de españoles allí residentes siempre estuvo en pie para hacer posible la recuperación de la democracia en España. En los años sesenta pudo regresar. Lo hacía en sus temporadas de vacaciones. Y de nuevo su casa de la calle Zaragozá estuvo abierta. Allí lo conocí, y lo conocimos, y entablamos largas conversaciones. Mi ayudo de manera desinteresada, aunque su memoria empezaba a flaquear, para ir avanzando en la escritura de mi libro Los guerrilleros de Levante y Aragón. Hicimos bastantes viajes juntos. Visitamos con otros compañeros suyos la Casa de la Madre, San Cruz de Moya, los campos de Requena, algunas aldeas abandonadas, rentos, la Chirrichana con un secuestro de película añorante, etc. Fue, como todos ellos, aliento de vida hasta el final de la suya. Con la muerte de “Angelillo”, como antes la de “Teo”, “Andrés”, “Grande”, “Ceferino” o “Celia” vamos perdiendo en Valencia capital la memoria viva de un tiempo áspero y común, tan lleno de ejemplos evidentes de utopía social y valor. Es la Historia, con mayúsculas. Sin ellas no habría ni referentes ni discusión política. Por eso, Sr. Alcalde Ribó, desde aquí le pido una calle o una plaza para todos ellos. Sé de algunas, sobre todo en el Carmen (o Montortal, Conde Altea, Escuelas Pías, Campanar, Guillén de Castro), donde dieron su vida. Y sé de un montó que no sé a quién rezar o sencillamente recordar. Y sí de aquí a unos cuantos años, un montón deseo, regresa la derecha y le quitan el nombre, pues que se lo quiten, pero mientras tanto nos hemos sentido orgullosos y representados por la memoria de la gente que, sin conocernos, nos regaló su vida y sus sueños. No hay mayor honor y gloria, y si en el rótulo consta “Calle de los héroes de la Guerrilla Antifranquista (AGLA), mejor y más justo. Vale y República. Hasta siempre Gonzalo, “Angelillo”.

Salvador F. Cava (Autor del libro “Los guerrilleros de Levante y Aragón”)

Teo Gallega (Autor del libro “La guerra en la comarca Requena-Utiel”)

Se cumplen 10 años del regreso del Manco a La Pesquera

 

Hace 10 años fueron muchos los que se unieron para dar el último adiós a Basiliso en su pueblo. Era un día muy importante para La Pesquera, quizá el más relevante de este siglo, se cerraba una herida, el Manco volvía a su pueblo.
Fue una jornada de reconocimiento y de justicia a Basiliso, y a los miles de luchadores que a la fuerza supieron ser héroes, aunque el Régimen los llamaba y trataba como bandoleros y criminales. El franquismo forzó a muchos labradores y gentes humildes a jugar el papel de héroes que quizá les venía demasiado grande.
En estos diez años no han faltado visitas en su humilde tumba a la entrada del cementerio de La Pesquera, algunas por curiosidad, otras por verdadero sentimiento, ni flores en fechas señaladas, puestas casi siempre por manos anónimas pero que siempre están ahí como prueba de que su pueblo no le ha olvidado.
Es el personaje de postguerra sobre el que más se ha escrito en Cuenca, es por tanto uno de los protagonistas conquenses del siglo XX.

Homenaje en el cementerio de La Pesquera

Homenaje en la fosa común del cementerio de La Pesquera (Cuenca) durante el encuentro anual de AGE (Archivo, Guerra y Exilio) el pasado 21 de junio. Con la participación de la guerrillera del AGLA Esperanza Martínez y Francisco "Quico" Martínez López: Guerrillero de Leon.

Pedro Peinado, mi hermano imprescindible.

Pedro Peinado en el cementerio de La Pesquera

Pedro Peinado

Con las primeras nieves de este final de 2014, el amor, el aprecio, los afectos y las entregas de mil formas en sentido y valores, ¡qué dolorosos resultan! cuando el adiós se materializa permeable y brusco, sin ningún signo de cansancio en él, día tras día. Insensible y certero, donde más nos duele.

Como un ensueño ya lejano debió existir un inicio de identidad y pasión por el trabajo, el esfuerzo y la idea favorable con la que cualquier proyecto joven se nutre. También los tiempos de la claridad en los trazos de caminos, de haceres repletos de necesidades y la apropiada voluntad para levantarse, dar la cara, contagiar a todos aquellos que semiocultos y olvidados creyeron y, contra todas las carencias, nos pusimos a caminar junto a ti.

No fueron pocos los sencillos, y ahora demasiado breves, gestos de mesa, viajes, galerías, borradores. Un montón de ropa usada con los bolsillos repletos de palabras, historias e imágenes que llevamos a casa y cobijamos con los mejores enseres. Como un sueño, el de los justos, el de la justicia histórica tan en deuda con pequeñas comunidades y con enormes personas, a borbotones se abrió la tierra para reclamar ese digno nombre y esa fecha de la nobleza humana.

 

Pedro Peinado y Salvador F. Cava en La Pesquera

Algo de bíblico debemos de tener cada uno de nosotros, pero tú, Pedro, añadías además una aureola de luz tejida en el valor de los sueños posibles, de las realidades necesarias, de los símbolos con los que se nutre la esperanza.

Es por eso que lo que más nos duele es el propio dolor. Que hubiéramos deseado, al menos yo, haber nacido piedra o monte. Sencillamente. Para no sufrir, para no llorar. Una de tantas piedras o montes que tú bien hollaste en busca de sendas de vida, de cumbres con visibilidad plena de un lugar. Ellos, las piedras y los montes, no sienten, tampoco son felices ni les desaira la tristeza. Quisiéramos creer que son la palma de la mano de nuestras estaciones. Nuestro refugio eterno. Pero no hablan, no lloran, ni tan siquiera protestan si permanecen solos o los llenamos de banderas y viento. O los vaciamos a fuego y hacha. Así, como humilde piedra o monte orgulloso, podría yo sobrevivir y soportar estos tiempos de sequedad.

¿Cómo te recibirá la tierra?, ¿cómo te recordaremos nosotros? Ella debiera ser madre que acoge y hospeda, que reencarna y devuelve, que acuna y enmudece, que nutre. Tan llena de atributos como sus estaciones en frío, agua, sol y hojas secas de un río llamado, por ejemplo, Turia. Y nosotros, un aluvión de constancia, una fiebre, el verdor más amargo, la enfermedad más espantosa, que no nos deje ni bajar la guardia ni olvidar.

Porque, mi hermano, Pedro, (y permíteme este paréntesis de tierra filial, mi otro hermano, Carlos de la Rica), aunque fue breve tu vida, sin duda, será muy larga tu memoria.

Te digo hasta luego (feliz día ad divinitis) con el poema que te dedicase en mi libro “Republicanos”:

Durruti

A Pedro Peinado, en la carretera

Tú, que siempre has tenido manos de obrero
alpargatas con sabia reseca
tejidas al sol salobre y arenoso
sin más armas que la historia, el esparto y la yesca
de los humildes, de los pobres jornaleros
que mendigan su libertad al otro lado de las montañas y el invierno,
tú, desdichado, por haber nacido en el portal de los indigentes
donde todo se desborda con riadas de abandono
y esclavitud y hambre
pero en nombre de Dios,
donde ni tan siquiera la vida te da derecho a poder recordarte
a pesar de tanta sabiduría
maldorada por los huesos de la historia
y cadenas y ordenadores,
gentil entre la muchedumbre
porque te lo has ganado con el convencimiento de los que te preceden
con las podas de árboles no siempre bien cicatrizadas
pero convenientes para andar 
para que la primavera de nuevo floreciese tras el frío,
anhelado como un sueño
entre tantas visiones de ojos desamparados
a los que la ley siempre prohíbe mirar por los balcones
del mar o del horizonte
y tener un minuto de descanso
para caricias y almohadas,
devuélveme mi orgullo
que cualquier estación es buena para apearse de este tren
y ser uno más de los que ahora
ahora mismo
en este instante en el que te llevas el pan a la boca
derriben los muros con escaleras de mano.

 

 

El 18 de diciembre, recibíamos la triste noticia del fallecimiento de Pedro Peinado, presidente y alma máter de la Gavilla Verde, tras una larga enfermedad, a los 54 años. Pedro participó en varias jornadas homenaje a Basiliso Serrano, que se celebraron en La Pesquera. Compartimos desde la web de El Manco algunas de esas imágenes tomadas en La Pesquera en su memoria.

Día del entierro de El Manco