Ya publicado el nuevo número 10 de la revista Entremontes

La provincia de Cuenca, en los años de la guerra civil, fue zona republicana. Territorio de retaguardia, tránsito entre Madrid y Valencia, espacio de reorganización de unidades, acogida de refugiados, intendencia, hospital y tribunales. En su dimensión histórica, dentro del conflicto, se producen hechos semejantes a los de tantos otros espacios donde la rebelión es sofocada y un cuerpo anarquista y miliciano toma posiciones prerrevolucionarias. La derecha política y económica, así como el estamento eclesiástico son sus objetivos; como también la participación voluntaria en los distintos frentes. Uno de sus sellos de identidad fue el de ser margen fronterizo con los Nacionales en plena Serranía. El curso del río Tajo marcó parte de esta línea. No hubo grandes enfrentamientos, pero sí toda una red de injerencias tácticas y militares tanto hacia una vertiente como hacia la otra. Un “muro de Berlín” activo con múltiples agujeros gruyere.

Presentación

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Masacre en La Pesquera, 70 años después

El episodio más triste de la historia de La Pesquera del siglo pasado se escribía al finalizar enero del año 1947, hace ahora 70 años. Después de ocho años de larga y mísera postguerra, La Pesquera llegaba a los días más tristes del siglo pasado.
Seis muertos, algunos vecinos, y otros 12 vecinos de La Pesquera serían detenidos, procesados y encarcelados después de esa fecha.
El 31 de enero de 1947, después de la masacre, una comisión formada por el alcalde, juez y secretario salían de La Pesquera a las 9 horas para llegar al lugar de los hechos y proceder al levantamiento de 6 cadáveres. Era un día de nieve. Los cuerpos trasladados en un carro se les practicaría la autopsia el primero de febrero de ese año.

Masacre en La Pesquera. Salvador F. Cava.

 

 

Homenaje en el cementerio de La Pesquera

Homenaje en la fosa común del cementerio de La Pesquera (Cuenca) durante el encuentro anual de AGE (Archivo, Guerra y Exilio) el pasado 21 de junio. Con la participación de la guerrillera del AGLA Esperanza Martínez y Francisco "Quico" Martínez López: Guerrillero de Leon.

Pedro Peinado, mi hermano imprescindible.

Pedro Peinado en el cementerio de La Pesquera

Pedro Peinado

Con las primeras nieves de este final de 2014, el amor, el aprecio, los afectos y las entregas de mil formas en sentido y valores, ¡qué dolorosos resultan! cuando el adiós se materializa permeable y brusco, sin ningún signo de cansancio en él, día tras día. Insensible y certero, donde más nos duele.

Como un ensueño ya lejano debió existir un inicio de identidad y pasión por el trabajo, el esfuerzo y la idea favorable con la que cualquier proyecto joven se nutre. También los tiempos de la claridad en los trazos de caminos, de haceres repletos de necesidades y la apropiada voluntad para levantarse, dar la cara, contagiar a todos aquellos que semiocultos y olvidados creyeron y, contra todas las carencias, nos pusimos a caminar junto a ti.

No fueron pocos los sencillos, y ahora demasiado breves, gestos de mesa, viajes, galerías, borradores. Un montón de ropa usada con los bolsillos repletos de palabras, historias e imágenes que llevamos a casa y cobijamos con los mejores enseres. Como un sueño, el de los justos, el de la justicia histórica tan en deuda con pequeñas comunidades y con enormes personas, a borbotones se abrió la tierra para reclamar ese digno nombre y esa fecha de la nobleza humana.

 

Pedro Peinado y Salvador F. Cava en La Pesquera

Algo de bíblico debemos de tener cada uno de nosotros, pero tú, Pedro, añadías además una aureola de luz tejida en el valor de los sueños posibles, de las realidades necesarias, de los símbolos con los que se nutre la esperanza.

Es por eso que lo que más nos duele es el propio dolor. Que hubiéramos deseado, al menos yo, haber nacido piedra o monte. Sencillamente. Para no sufrir, para no llorar. Una de tantas piedras o montes que tú bien hollaste en busca de sendas de vida, de cumbres con visibilidad plena de un lugar. Ellos, las piedras y los montes, no sienten, tampoco son felices ni les desaira la tristeza. Quisiéramos creer que son la palma de la mano de nuestras estaciones. Nuestro refugio eterno. Pero no hablan, no lloran, ni tan siquiera protestan si permanecen solos o los llenamos de banderas y viento. O los vaciamos a fuego y hacha. Así, como humilde piedra o monte orgulloso, podría yo sobrevivir y soportar estos tiempos de sequedad.

¿Cómo te recibirá la tierra?, ¿cómo te recordaremos nosotros? Ella debiera ser madre que acoge y hospeda, que reencarna y devuelve, que acuna y enmudece, que nutre. Tan llena de atributos como sus estaciones en frío, agua, sol y hojas secas de un río llamado, por ejemplo, Turia. Y nosotros, un aluvión de constancia, una fiebre, el verdor más amargo, la enfermedad más espantosa, que no nos deje ni bajar la guardia ni olvidar.

Porque, mi hermano, Pedro, (y permíteme este paréntesis de tierra filial, mi otro hermano, Carlos de la Rica), aunque fue breve tu vida, sin duda, será muy larga tu memoria.

Te digo hasta luego (feliz día ad divinitis) con el poema que te dedicase en mi libro “Republicanos”:

Durruti

A Pedro Peinado, en la carretera

Tú, que siempre has tenido manos de obrero
alpargatas con sabia reseca
tejidas al sol salobre y arenoso
sin más armas que la historia, el esparto y la yesca
de los humildes, de los pobres jornaleros
que mendigan su libertad al otro lado de las montañas y el invierno,
tú, desdichado, por haber nacido en el portal de los indigentes
donde todo se desborda con riadas de abandono
y esclavitud y hambre
pero en nombre de Dios,
donde ni tan siquiera la vida te da derecho a poder recordarte
a pesar de tanta sabiduría
maldorada por los huesos de la historia
y cadenas y ordenadores,
gentil entre la muchedumbre
porque te lo has ganado con el convencimiento de los que te preceden
con las podas de árboles no siempre bien cicatrizadas
pero convenientes para andar 
para que la primavera de nuevo floreciese tras el frío,
anhelado como un sueño
entre tantas visiones de ojos desamparados
a los que la ley siempre prohíbe mirar por los balcones
del mar o del horizonte
y tener un minuto de descanso
para caricias y almohadas,
devuélveme mi orgullo
que cualquier estación es buena para apearse de este tren
y ser uno más de los que ahora
ahora mismo
en este instante en el que te llevas el pan a la boca
derriben los muros con escaleras de mano.

 

 

El 18 de diciembre, recibíamos la triste noticia del fallecimiento de Pedro Peinado, presidente y alma máter de la Gavilla Verde, tras una larga enfermedad, a los 54 años. Pedro participó en varias jornadas homenaje a Basiliso Serrano, que se celebraron en La Pesquera. Compartimos desde la web de El Manco algunas de esas imágenes tomadas en La Pesquera en su memoria.

Día del entierro de El Manco