Ójala fuera un cuento

XXV

- Madre, ¿Qué me van a hacer?
- Nada, te va a preguntar el tío José lo que habéis visto, pero tú de esto no digas ni una palabra, ni a tu amiga Carmen, que si no vendrán esos hombres y te llevarán con ellos.
Valdomera temblaba de miedo, sentía más pánico ahora que cuando estaba con aquellos hombres.
- Y ahora tu les cuentas todo lo que sepas, lo mismo que me ha contado tu hermana, a ver si ahora os pillan en renuncio y para que queremos más.
Llegaron al ayuntamiento y tocaron en el despacho.
- ¡Esperen un momento que ya terminamos!
La madre colocó un poco la ropa de la niña y la peinó con los dedos.
- Madre, tengo hambre.
- Espera un poco, en cuanto salga tu hermana les dices lo que has visto y nos vamos a cenar.
- Pero si no nos han hecho nada.
- Entonces, ¿Por qué te pusiste a llorar?
- Porque me asusté al principio, cuando les vi las escopetas.
- Bueno, pero no les digas lo del beso ¿Está claro?
- Sí, madre.
Se abrió la puerta y Florián, el jefe local de falange y del somatén, sacó a la hermana de Valdomera.
- Ya puede pasar la niña.
Exclamó el tío José desde su mesa.
- Cuídenmela, que está muy asustada.
- No te preocupes, Gervasia, que sólo le vamos a hacer unas preguntas.
Afuera quedaron la madre y la hija mayor.
- ¿Qué les has dicho?
Susurró llevándose a Damiana a un rincón alejado.
- Lo que le conté a usted.
- ¿No le habrás contado lo del beso?
- No.
Dentro se sentaba Valdomera con las piernas colgando, mirando al tío José con la cabeza baja mientras que Florián impaciente por la información recibida por la otra hermana, esperaba acabar y movilizar a su grupo.
- Bueno, Valdomera, ¿Cuántos años tienes?- Preguntó el alcalde.
- Tengo cinco, pero ya casi seis.
- ¿Cómo se han portado esos hombres que no os dejaban volver?
- Bien.
- ¿Cómo bien, si tu hermana me ha dicho que lloraste?
- Si, pero al principio.
- Y ¿Por qué?
- Porque me asusté con las escopetas.
- ¿Cuántos eran?
Cinco.
- Y ¿Cómo eran de altos?
- Como el señor Florián.
- ¿Todos?
- No.
- ¿Y los otros?
- No sé.
- ¿Pero cómo que no sabes?
- Es que no me acuerdo.
- El alcalde resopló y Florián lo miraba.
- ¿Tenían barba?
- No.
- Pero, ¿Cómo que no? Si tu hermana nos ha dicho que dos iban sin afeitar.
- No sé, con el que hablé yo no.
- ¿Con cuál hablaste tú?
- Con un hombre.
- Ya lo se que era un hombre. Y ¿qué te dijo?
- Que tenía una hija de mi edad.
- Algo más te diría.
- Si, que cuando ganaran ellos iba a venir a la Tosca para que conociera a su hija y que nos haríamos amigas y que me traería un regalo.
- Y tú, ¿Qué dijiste?
- Que vale.
- ¿Pero no estabas asustada y llorando?
- No, eso fue después de que me cogiera.
- ¿Que te cogió? Eso no nos lo ha contado tu hermana. - ¿Qué te hizo, te tocó por algún lado?
- Sí, me cogió por las manos y me hizo la vuelta rinquín.
- Y los otros, ¿Qué hacían?
- Se reían.
- ¿Te preguntó algo más?
- Sí.
- Pues dime qué ¡Por dios, que niña, hay que sacarte todo con sacacorchos!
- Que de dónde éramos y qué hacíamos.
- ¿Y le dijiste que erais de la Tosca?
- Sí, y que estábamos buscando hongos.
- ¿Te preguntó algo más?
- No sé.
- Pero, ¿Cómo que no sabes? ¿Te preguntó o no?
- Sí, si seguía usted de alcalde.
- ¿Y qué te dijo cuando le dijisteis que sí?, Por favor Valdomera, que no hace falta que escondas nada.
- Nos dijo que si seguía usted siendo tan vago como siempre y tan mea… mea… meapilas.
- ¡Será cabrón! Ese es el del Carrizal no cabe duda, tiene una hija de la edad de esta.
- Y además lo conoce a usted bien.
Aclaró Florián, a lo que el alcalde respondió con una mirada iracunda.
- ¡Valdomera!
Gritó en voz alta
- No te lo voy a repetir más, cuéntame todo de pe a pa, sin que yo te tenga que preguntar y no te lo repito más. Dio un golpe en la mesa y la niña empezó a temblar.
- No sé, pues primero lloré, después me dijo lo que le he dicho y después estuvo jugando conmigo.
- ¿Y a qué?
- Me subió a caballito y me hizo juegos de magia con los dedos, como si se partiera el dedo gordo.
- Tu hermana y tú no decís la verdad, Estaba Pablo, el que era vecino vuestro con ellos ¿Verdad?
- No señor.
- ¡Me cago en la leche!
Gritó levantándose y cogiendo la silla de Valdomera y balanceándola.
- Conmigo no juegues ¿Eh? Mocosa que te meto una torta que te estampo. ¿A que estaba Pablo el de Herminio con ellos?
- Sonó la madre llamando a la puerta pidiendo por favor que dejaran a su hija marchar.
- ¡Que te esperes joder! ¡Que ahora te la llevas! A ver Valdomera, tú estás ocultando algo.
- Se agachó el tío José hasta igualar sus ojos con los de la niña a pocos centímetros, oyó como una fuentecilla brotaba debajo de la pequeña al tiempo que se le escapaban las lágrimas de sus ojos asustados, y el olor a mierda inundaba la habitación.
- Sí es verdad, no se lo he dicho.
Intentaba hablar entre sollozos y pucheros.
- Cuándo nos íbamos me llamó y me dijo que qué se hace cuándo te despides de alguien que te quiere como si fuera tu padre, y corrí hacia él, me cogió en el aire y le di un beso.

XXIV

Cárcel Valencia, Fotografía del libro Los Guerrilleros de Levante y Aragón

A aquellas mujeres las llamaron de todo. Eran mucho más discretas que los hombres, sin fanfarronería levantaron en sus espaldas la guerrilla, su casa, a sus hijos a sus padres, a su marido en el monte o en la prisión. Supieron hacer y entender mejor que nadie la justicia sin revancha y de puntillas fueron a la cárcel sin miedo, torturadas, violadas con la saña que sólo el hombre vencedor sabe vomitar.
Las invisibles, las discretas y apaleadas mujeres relegadas a la alcoba del segundo o tercer plano por sus compañeros tan viriles, ensalzados ellos mismos en sus himnos.
Rufina Monteagudo

Mujeres que ejercían la maravillosa actividad del humanismo comprometido con la justicia.
Mujeres que perdieron lágrimas pero ni un ápice de su dignidad.

La tía Carmen trajinaba por la cocina mientras cocía el caldero del gorrino. Era una abuelita cariñosa y pequeña, siempre llevaba una toca con muchos calados. Cada cinco palabras que decía exclamaba un “¡uuh!” y cada seis acariciaba el brazo de Andrés trasmitiéndole el amor que rebosaba. Este fue herido en una pierna, se despistó de sus compañeros pues no conocía la zona y no pudo llegar al punto de reunión a tiempo. Paisano le había indicado desde lejos, la casa de “Juanjo”, un punto de apoyo. Le habló de su generosidad, advirtiéndole que sólo se podía enlazar con él fuera de la casa.
Optó por volver sobre sus pasos y pedir ayuda a aquel hombre.
El verdadero nombre de Juanjo era Pascual. Fue a la guerra con su hermano Braulio, que era secretario de la colectividad local de la UGT en el otoño de1936 y en Brunete, estando codo con codo, una ráfaga de ametralladora le voló la cabeza.
Pascual iba para mozo viejo y ya se había resignado a permanecer soltero el resto de la vida. Su madre no le había conocido ninguna novia, pero hacía ocho años, poco después de acabar la guerra, hizo su primera bajada a Andujar tras ocho meses de cárcel y los pastores que volvieron con él en primavera, le dejaron caer bromeando que ya se podía preparar para ser abuela porque Pascual hablaba con una viuda joven que tenía un niño. Entre los pastores comentaban: “pues yo no me liaría con una a la que tienes que criar el hijo que no es tuyo” y otros decían: “pues yo sí, que oveja con cordero vale doble”. La tía Carmen no supo lo que pasó. El siguiente viaje para Andalucía Pascual bajaba muy ilusionado, pero a la vuelta lo vio más taciturno y reservado que nunca.
Andrés llegó a las cercanías de la casa, esperó oculto al lado del camino, vio pasar a Pascual volver de la faena y comprobó como se metía a la casa que le habían indicado. El edificio estaba a las afueras del pueblo, entre el resto de las viviendas y la de la tía Carmen sólo había pajares.
Aguantó toda la noche sin probar bocado y con mucha sed, que calmaba masticando brotes tiernos de mielgas. La pierna se le hinchaba y había empezado a inyectarse la sulfamida del botiquín que portaba. Al salir Pascual temprano, Andrés lo llamó, le contó toda la peripecia y le habló de Paisano para demostrarle que podía confiar en él. Pascual le dejó merienda y agua para que aguantase todo el día, volvió a por avío para él e informó a su madre de la situación.
Andrés pasó a la casa aquella noche, lo alojaron en la cámara y desde que llegó la tía Carmen se desvivía por él, subiendo una y otra vez.
- ¡Uuh! ¿Cómo llevas la pierna?
- ¿Quieres que te cambie las gasas? ¡Uuh! Si están chorreando.
- ¿Quieres que prepare unas patatas con caldo? ¿Te gustan?
- Anda enhébrame la aguja, hijo mío ¡Uuh! Que no atino, una no ve gota.
- ¿Qué tal has dormido esta noche? Si quieres te subo otra manta ¡Uuh! Lo mismo tienes frío.
- Toma, te he preparado estos calcetines, a ver si vas bien con ellos. ¡Uuh! Seré tonta, si he hecho uno más largo que otro.
A Andrés le agradaba que subiera la abuela a la cámara para charlar con él. No había peligro de que se escuchase la conversación gracias a aquellos muros tan gruesos y el ventanuco tapado con un saco de paja y un serón viejo.
La tía Carmen le acariciaba el brazo una y otra vez al tiempo que soltaba los “¡Uuh!” a cada instante.
Andrés no hablaba de sí mismo pero el acento andaluz le delataba.
-¡Uuh! Con lo hermoso que eres, ¿Cómo has venido hasta aquí de esta manera? Si esto por mucha voluntad que tengáis no va a cambiar, mira mi Braulio como me lo mataron en Madrid y ¿Para qué? Lo mismo dió que muriera, está este cabronazo de franco. Y a vosotros os va a pasar igual. Si con aguantar vivos ya tenéis bastante mandao.
- ¿No tienes un sitio donde no te conozca nadie y puedas vivir tranquilo? ¡Uuh! Porque esto no lo apañáis vosotros.
- Si hubiera estado mi marido te había hecho un morral nuevo, ¡Uuh! Si vieras que bien curtía las pieles. Escarbaba las raíces de los chaparros y las restregaba con la corteza y quedaban blandas que daba gusto tocarlas. Pero mira, le dio un cólico y duró dos días.
- Tu hijo mío, si te quieres ir otra vez con los compañeros te vas, pero si ves que la cosa se pone negra, vienes aquí y comida no te ha de faltar, que mi Pascual es muy reservao, y muy prudente y un plato de judías no te ha de faltar. Mi pascual yo creo que alguna vez os a llevado comida ¡Uuh! A mí no me lo ha dicho, pero yo se el gasto que hace él y lo que a veces se ha llevado. Me acuerdo una vez que me quitó una pastilla de jabón de olor y tu veras, si era para lavarle el culo alas ovejas.
Quince días estuvo Andrés en la casa y decidió marchar a buscar a los compañeros, ya repuesto de la herida. Los abrazos de la tía Carmen eran tremendos, no soltaba el brazo de Andrés y se lo comía a besos en la frente mientras que el mentón de la abuela se le clavaba en el ojo.
-¡Uuh! Ya sabes hijo mío cuando tengas necesidad acude aquí.
Se despidieron y Andrés salió de madrugada con dirección a la estafeta que había a dos días de camino para enlazar con su grupo.
La tía Carmen no entendió nada cuando al mes de irse Andrés, los guardias civiles llamaron a la puerta de su casa poco antes del amanecer y los arrancaron de la cama conduciéndolos al cuartel. A Pascual le daban culatazos y un guardia le decía a otro “mira la abuela y parece que no ha roto un plato, no, si de estos no te puedes fiar”.
Al entrar en el calabozo Andrés se echó a los pies de la abuela pidiéndole perdón. No lo reconoció, sino por la voz, pues la cara desfigurada y la pobre luz indirecta que entraba de la calle apenas iluminaba aquel rostro deformado por los moratones. Agarraba sus manos y pidiéndole perdón las besaba.
- ¡Tía Carmen, no pude! ¡No pude! ¡A la segunda uña que me arrancaron, no pude aguantar más!

XXIII

¿A qué huelen los maquis?
A pringue de sardinas en lata entre las uñas, la pana de los pantalones a romero o a jara y la camisa a sudor revenido, a sudor de caminar de noche, que es diferente al de sol. El sudor de luna es espeso y aceitoso, como la lluvia mezclada con el pelo sin lavar, a sudor avinagrado, sudor de fiebre sin boticas.

¿A qué huelen los maquis?
A cuero de morral domado y blando por el uso, por el roce, pegajoso en tiempo húmedo ¿Será el olor a jersey de lana y esparteñas de lona? Es el olor de la lumbre retenida, sólo ascuas, sólo chustas sin reflejos, envueltas entre puñados de tierra que matan cualquier atisbo de llama.

¿A qué huelen los maquis?
Es el olor de la esperanza y la desesperación, del miedo, la dignidad, el tedio, la lucha, el monte, la tristeza, la añoranza, la venganza y la justicia, las lágrimas escondidas, la pólvora…es el olor de la amistad y de la tortura. Es olor que garantiza no ser de la contrapartida.

¿A qué huelen los maquis?
Posiblemente huelan al sudor del que camina hacia la libertad.

XXII

La tierra era densa y pegajosa, greda roja que no quería abandonar la herramienta. Los cantos lloraban al ser golpeados por el pico y un temblor de impotencia estallaba en las manos sujetaban la metralleta que colgaba de la correa en forma de bandolera. Cuando saltaron el collado, miró aquel paisaje nuevo. Al río lo delataba una serpiente de sauces verdes y tiernos naranjas de las hojas apenas nacidas de los chopos. Una aldea de seis casas redondeaba el cuadro bucólico, al que le daba movimiento el humo de una de las chimeneas y un rebaño que se movía no lejos del caserío.
“Qué sitio tan bonito para vivir, que envidia poder pasar aquí los días trabajando. Si pudiera traer aquí a mi María… o quizá haya rehecho su vida y piense que he muerto... mejor así”. Hubiera jugado allí su hija si hubiera sobrevivido a aquel maldito carbunco, pero no había médicos ni medicinas, sólo monte para escapar entre las jaras de las tropas de Yagüe.
Los recuerdos se le agolpaban y el silencio del valle hacía que sintiese en los oídos los bramidos que salían desde el corazón acelerado, inquieto, no daba tregua a la arcilla. Lentas capas, rebeldes trozos de tiempo que no querían dejar de resguardar su tesoro, barro creador de vasijas que portan alimentos y agua, densidad que protege de la lluvia, eternidad que soporta el fuego. Amargo sudario para los sentimientos.
La arcilla fatiga a quien busca cerrar el círculo, llegar a la cumbre del monte para bajar cansado y sereno. Para reposar después de haber encontrado la armonía era lo que más le hubiese gustado conseguir junto a su mujer y su hija, si todo hubiese acabado de otra manera, si nada hubiese sido como fue. Volvió la cara hacia sus compañeros y con el único ojo que tenia los miró, todos como él, con sus hambres, sus anhelos, sus recuerdos...
Decidieron bajar a pedir comida y acordaron un punto de reunión por si había alguna novedad. Él se despidió de los que quedaron: “si ocurre algo allí nos encontraremos” dijo una voz por teléfono. Al día siguiente las manos cambiaban los picos por las palas y viceversa.
La tierra fresca, umbrosa, más paciente que nunca en la espera, entregó lo que cuidó para que nunca se olvidara.
Entre la arcilla apareció el fragmento que faltaba para completar el arco iris de la vida, el que linda con la tierra de los sueños.

XXI

Por fin llegamos, sin mirar atrás. Quizá fue fortuna, pero cruzamos la frontera y ya no hubo vuelta ni retorno y al final, fuimos felices.
No hubo destierro porque renuncié a tener patria. Aprendió a no quererme, la mujer que me quería cuando me fui al monte. Cuando el hambre me apaleaba y el frío me mermaba.
Sí, logré la felicidad lejos de aquella sala de tortura donde la corriente me pasaba de la nariz a los huevos.
Tuvo final feliz mi historia por aquel guardia que horrorizado por la brutalidad que presenciaba, me dejó escapar y después se pegó un tiro.
Ahora lo veo como asomado a un cortado rocoso y abismal. No sé cómo pude aguantarlo. Admiro lo que hice, no por el orgullo de haberlo hecho, sino de haberlo soportado y pienso, que no es la misma persona la que ahora lo recuerda. ¿Qué tengo en común con aquel? Tal vez la capacidad de amar y el deseo de vivir.

Fotografía: Exiliados caminando sobre la nieve. Archivo Histórico del PCE.

XX

Mi ratón come queso de....
- Antonio ¿Cómo se pone vaca con b alta o baja?
- Con v, con b baja.
Jerónimo escribía despacio con grandes giros en las letras como le había enseñado en las muestras Antonio “el maestro”. No había ido a la escuela, pues en cuanto tuvo edad para dar voces a las ovejas, lo pusieron de zagalete y no conoció nada más que la a, e, i, o, u que le enseñó su tío en algún rato que se juntaban en el campo y en una losa se las escribía a punta de navaja, sin embargo a Jerónimo se le olvidaba de una vez para otra y parecía que los cepos y las ligas le tiraban más que unas letras que no le atraían.
Cuando se incorporó a la guerrilla le dijeron que debía aprender a leer, escribir y tener una  cultura básica, pues como le decía Antonio:
- A Franco no solo se le combate con las armas,  también con la cultura, que hace a los hombres más libres.
Cuando él le planteó que para cuidar las ovejas no necesitaba estudiar, Antonio se ofendió y le echó un mitin sobre la dignidad, la autonomía del individuo y disertaciones en abstracto, a las que hubo de renunciar al ver la cara que se le quedaba a Jerónimo y cambió a ejemplos prácticos para que entendiera.
- Si el amo, como dices tú, te dice que firmes en un papel, lo que sea, te puede quitar hasta los calzoncillos sin que puedas hacer nada. Ahora mismo, si tienes que dejar una nota en una estafeta tienes que pedírselo a un compañero; si vas a comprar una mula, lo mismo, si no sabes echar la cuenta, te engañan.
Al final Jerónimo reconoció que debía aprender y a ello se aplicó todos los ratos entre guardias, que eran muchos. Incluso escribió una pequeña descripción en el periódico mural. Antonio le dijo que debía escribir algo y no sabía que poner.
- Pues pones lo que quieras, háblanos de cómo es tu ratón y le haces una descripción.
- ¿Una qué...?
Le preguntó Jerónimo.
- Una descripción, es que cuentes cómo es algo, lo que quieras y como estás que no meas con tu ratón...
Jerónimo encontró al ratoncito al fondo del morral, donde estaba comiéndose algunas migas que habían caído del talego. Lo descubrió por el ruidillo que hacía. Cuando abrió y vio al bicho al fondo de la mochila asustado con la respiración “a todo trapo”, le dio lástima, lo cogió por el lomo como hacen los gatos con las crías y se quedaron mirando mutuamente
- ¡Ah jodío! Así que... ¿No somos los únicos que pasamos hambre, eh?
Lo acarició y notó las costillas bajo su suave piel parda.
- ¡Jódelo! ¡Si es rabote! Te pareces mas a un topillo. ¡Con los que me he cargado cuando regaba la alfalfa y se metía el agua por las toperas!
- ¿Antonio?
- ¿Qué quieres?
- ¿Hay alguna palabra de esas que llamas tu, para decir que mi ratón está todo el rato dale que te pego a los dientes?
- Esas palabras se llaman adjetivos y puedes decir que tu ratón es un roedor y dejarme leer un rato, que me desconcentras.
Jerónimo tenía 17 años, era un poco bobalicón, y de bueno, siempre le tomaban el pelo los otros chavales y prefirió la compañía de los careas y “los ovejos” a los zagales más resabiados. Su padre, que era punto de apoyo  de los maquis, lo mandaba a los recados menos comprometidos y cuando lo detuvieron Jerónimo fue corriendo al campamento y ya no bajó al pueblo. Su hermana estaba casada  en Valencia y la madre murió como decía él “de la péndiz”, por culpa del médico que le fue dando largas y diciendo que eso sería algún pliegue intestinal y que si no mejoraba que habría que llevarla a Cuenca. Pero de madrugada oyó alaridos de dolor y no hubo nada que hacer, Jerónimo tenía cinco años.
Mi ratón es tan pequeño como una nuez, lo tengo en una lata de leche condensada.
Jerónimo tenía don para los animales, hasta el perro más fiero, al poco tiempo de tomar contacto con él, cambiaba los ladridos por un alegre meneo de cola y siempre acababa diciendo la misma frase
- ¿Ves cómo me hace fiestas?
Ese sexto sentido fue el que utilizó para amansar al ratoncillo. No lo soltó aquel primer día y le acariciaba la cabeza, le daba miguitas de pan y pizcas de tocino. Le puso un hilo atado a la pata por si se escapaba y lo fue dejando libre, pero no se movía de sus rodillas. Pasaron los días y todos los guerrilleros gastaban bromas con su ratón.
- ¿Qué, Jerónimo, engorda el ratón o qué?
- ¿Para cuándo hacemos la matanza y colgamos los perniles?
- Di que sí, Jerónimo, en el pueblo no tocaste pelo, pero aquí ya has pescao el ratón. Pero no el de las chicas... ¡Ja, ja, ja!
Todos sabían que la timidez del chico en el asunto de mujeres era extraordinaria y cada vez que le hacían un comentario se ponía rojo como los ababoles.
Mi ratón se duerme en la mano al calorcillo y me hace mucha compañía
- Toma Antonio, ya lo he terminado, a ver qué te parece.
- Um... demasiados “mi ratón”. Parece como si te lo fueran a robar. Lo quieres mucho, ¿Verdad?
- Mucho.
- Está bien, cuélgalo en el mural.
Jerónimo arrancó la hoja del cuaderno, la pinchó en la tabla.
- ¡Civiles!
Y una ráfaga de metralleta atronó el campamento.
- ¡Qué vienen por la umbría!
Antonio dirigió la retirada. Se fueron cubriendo unos a otros, no llegaría a los cien metros, la distancia que separaba la posición segura de los maquis, del ceñajo en el que quedaron mochilas, comida, propaganda y el bote de leche condensada con el ratón de Jerónimo. Este cayó en la cuenta.
- ¡Mi ratón! ¡Cubridme que voy a por él!
- ¿Pero tú estás gilipollas o qué?
- Mi ratón, ¡Qué no lo dejo!
- ¡Quién con críos se acuesta meao se levanta!
Gritó Manolete.
Apoyó su máuser en la piedra, apuntó con la precisión que le había hecho famoso entre los guerrilleros y disparó. El bote de leche condensada voló por los aires, Jerónimo boquiabierto dudó entre darle las gracias o llamarle hijo puta.
En el repliegue Jerónimo cayó herido en un costado, lo consiguieron evacuar hasta una base segura, pero cuando la fiebre le mordió con sus sueños surrealistas, Jerónimo pidió que le trajeran a su ratoncito porque tendría frío. Le dieron una nuez para ver si se calmaba y cobijándola en sus manos le fue entregando todo su calor hasta quedar helado.
Ni aún cuando metieron su cuerpo en un costal, ni al lanzar su cadáver a una sima, Jerónimo dejo de darle calor a su “ratón”.

XIX

Valencia recogió los prismáticos que le cedió Manolo.
- Vamos Olegario, cógete el morral
Olegario le sacaba lustre con un vidrio a una garrota que había domado. La dejó metida en uno de los agujeros del ceñajo, se echó el macuto a la espalda, tomó el máuser y echó a andar detrás de Valencia. Cuando ya salían del campamento le llamó Manolo:
- Olegario, ¿Cuántas balas llevas tú?
- Veinticinco.
- Cógete diez más.
Después de la muerte de sus dos compañeros tocaban a un poco más y aquellas diez balas anunciaban que se preparaba algo. Olegario no preguntaba, cómo era su deber, pero salir con Valencia a esas horas de la noche, siendo éste otro guerrillero “pelao” como él, era una cosa poco habitual. Caminó guardando diez metros de Valencia durante tres horas, se acercaron a unos cortados y en una grieta toda llena de espesura se metieron. La gatera bajaba hasta medio farallón y entre las sabinas y los romeros hicieron hueco para estar cómodos. Ahora lo entendía, justo debajo de ellos estaba el pueblo del Carrizal, del que era originario Valencia, por eso lo mandaron a él. Tenían que vigilar la aldea durante todo el día siguiente viendo el movimiento de la gente y la guardia civil. Esto podía ser gordo, pues tomar un pueblo con buen cuartel, no lo había hecho nunca. Se sabía que en la zona de Valencia y Teruel lo habían hecho, pero no había dado buenos resultados. Ganas de complicarse la vida, arriesgar, gastar munición y que alguno se pueda quedar en el pueblo a criar ortigas.
Desde que vio el pueblo se montó sus cábalas y no dejó de estar inquieto hasta que se lo dijo a Valencia:
- Pues si te digo la verdad, a mi esto de tomar el pueblo no lo veo claro.
Y le explicó todas las razones que tenia.
Valencia se rió y le echó la mano a Olegario.
- Tranquilo hombre, que no va a pasar nada, que mañana por la noche voy a bajar a ver a una persona y me vas a acompañar.
- ¡Ah Bueno, eso es otra cosa! Pero meternos a enlazar a un pueblo con cuartel, no te creas que no tiene miga.
- Donde tenemos que ir, está en las afueras. No te preocupes que es mi pueblo. Anda ponte tú a vigilar, que yo tengo que estar viendo mañana las novedades que hay por abajo.
Antes de que empezara a clarear Valencia se despertó.
- ¿Has visto algo raro?
- No, los perros han ladrado en la parte baja del pueblo, sería alguna zorra.
- O alguno que ha pasado de estraperlo, que corta por la vega para no pasar por cerca del pueblo. ¡Ala! Échate que voy a ver si veo algún conocido.
Olegario sabía que el conocido que quería ver era su hija, que vivía en el carrizal con una hermana, mientras que su mujer y el resto de los zagales estaban en La Ribera.
Tomó los prismáticos enfocando a la casa de su hermana al lado del cuartel, a la de su madre y a la de su primo Justo al que iba a ver, en la parte baja del pueblo. La claridad inundaba todo en aquel 28 de mayo de 1948. Valencia, en otro tiempo, cuando era pinariego en el Carrizal, había visto desde allí mismo salir a los segadores y acarreadores con las mulas, algunas con las angarillas para traer paja desde los puntos más lejanos donde se segaba: la Nava, el Valle y la Eruela. Las gavillas de mies se hacinaban en las eras y había parvas, círculos amarillos, a su lado donde los triíllos daban vueltas sobre los trigos y cebadas.
Vio salir a su primo Justo camino del campo. El tiempo se hacía largo esperando ver a su pequeña Sagrario ir a la escuela, donde el cura preparaba un teatro para el día de la fiesta, o quizá ir a por la botija de agua a la fuente. Cualquier crío que veía le parecía su zagala pero enseguida se daba cuenta cogiendo los prismáticos de que no era así. Se oía a los pequeños  que se remolineaban en la puerta de la escuela, la misma en la que estuvo trabajando de albañil cuando la República dio dinero para arreglarla. Según le dijo Don Ramón, el maestro, esa mejora había que agradecérsela a un señor muy influyente que había vivido en Cuenca y que al mismo Don Ramón, le había dado clases en la escuela  Normal. Siempre hablaba de él y por eso se le grabó en la memoria su nombre, Rodolfo Llopis y gracias a él también llegaron  al Carrizal unos jóvenes que hacían teatro, cine, recitaban poesías y les animaban a que cantaran sus canciones del pueblo, diciéndoles que eso era cultura y ellos no lo creían, porque cultura sólo era lo que había en los libros. Recordaba el momento en el que  les habló una mujer muy resuelta, llamada María y como se sintió importante, cuando ella le pidió que le explicase el proceso de la extracción de la resina. Además les dejaron una pequeña biblioteca con el compromiso de usarla y cuidarla.
Estaba pensando esto cuando vio correr a dos crías, tomó los prismáticos y ahora si, era ella. La pequeña Sagrario con su amiga Raquel corriendo y saltando. Cuando las otras niñas ya empezaban a entrar, se pusieron en la fila de las niñas. Seguía estando igual con su pelito corto y su cara redonda. Apenas le dio tiempo a verla,  pero su corazón le dio un vuelco.
Aquella mañana controló los movimientos de la guardia civil, como salían del pueblo y el que  estaba de puertas. Llegó la hora de la salida de la escuela, se imaginó quien era ella, pero no la vio bien. Se tapaba la cara con las manos y al poco una pelea entre dos chavales, “cosa de críos”se dijo a sí mismo y vio cómo su pequeña salía corriendo en dirección a la casa de su hermana donde vivía.
Cuando despertó Olegario, comieron y estuvieron vigilando los dos toda la tarde, hasta que empezó a anochecer.
- Vamos, Olegario, dejamos los fusiles aquí. Si ocurre algo quedamos en aquel tormo que está detrás de aquella chaparra. Tú te quedas esperándome en aquella esquina como si estuvieras esperando a alguno del pueblo, si te preguntan, les dices que eres fuinero y que has quedado con  alguien que te va a sacar unas pieles de zorra. Yo voy a estar en la casa de enfrente. Si hay algún problema voceas: “¡Compro pieles de fuina!”.
Valencia se puso cerca en los últimos corrales desde donde veía la casa de Justo. Olegario se acercó y llamó a la puerta, salió la mujer de Justo:
- Señora, hay alguien que quiere verla.
Olegario miró calle arriba y abajo comprobando que no había nadie, hizo una señal y Valencia llegó corriendo, sin decir nada entró y les explicó.
- No he querido ir a la casa de mi madre, porque lo mismo le da un soponcio. Justo, a ver si te puedes enterar de algunas cosas y también si nos puedes hacer unos recados.
- Tú dirás.
- Mira, en la esquina del pajar del tío Grillo, la que da a la Calderuela, hay una lastra que hace un poco de hueco que está tapado con tres piedras. Las quitas y dentro hay un bote donde te voy a dejar una nota con instrucciones y lo que necesitamos, así no nos tenemos que ver. Ahora estaremos aquí una temporada.
- ¿Sabes que el hijo de la tía Bruna también está en el monte? Pero en Teruel, claro.
- Pues esos son de los nuestros ¡Quién sabe, igual algún día nos vemos!
- ¡Compro pieles de fuina!
- Me cago en dios, nos han cogido…Salgo por el corral.
Valencia saltó por el otro lado de la calle donde quedó con Olegario, corrió dos calles. Un paisano se quedó parado al verlo. Llegó hasta el punto que habían acordado. No tardó Olegario en aparecer con cara de muerto.
- Pero… ¿Qué ha pasado?
- Me cogieron, la puta, casi me matan. Un guardia que iba de paisano, se me acercó y me pidió la documentación. Al echarme mano a la cartera, me ha visto la pistola, se ha abalanzado sobre mí y me la ha cogido por el cañón, y que si sí que si no, que me la ha quitado. Menos mal que todos los cacharros que tenemos no valen para nada, porque me ha disparado pero se ha encasquillado y no ha salido ni un tiro.

- ¡Joder, pues a mi me ha visto Jesús, el fascista ese, seguro que se chiva! Pobre Justo la que le va a caer y a ver cómo le explicas a Manolo que un guardia te ha quitado la pistola. Valencia no dijo nada, pero lo entendía todo, ya que su compañero tenía el brazo, del codo hasta la mano, totalmente inútil a consecuencia de la metralla que le hirió, luchando en la batalla de Teruel, pero Olegario no asumía su minusvalía y dio todo tipo de argumentos para explicar el suceso.

XVIII

Paula acababa de ver en al tele un reportaje de los maquis desde su butaca, con la mantilla tapándole las piernas y la toca los hombros. Recuerda sus años jóvenes, cuando descubrió el cosquilleo del primer amor, en el verano de 1948.
Su primo Carlos se había ido con los del monte, los Guerrilleros de Levante, como se presentaron aquel día en el pueblo convocando a la gente al ayuntamiento. Desde aquel día a Carlos lo fueron controlando hasta que no pudo más y gracias a que le avisaron desde Cuenca pudo huir. 
¡Cómo se enreda la vida! piensa. Su hermana Severina sirviendo en la casa de aquel capitán. La mujer de éste escucha la conversación con otro guardia y se lo dice a Severina, ésta corriendo a avisar al hermano de Carlos que estaba de mozo de almacén en un ultramarinos y el resultado fue  que Carlos ya no fue a dormir a su casa esa noche, la misma que llegó la guardia civil de madrugada dando golpes a la puerta. Al no estar el hijo se llevaron al padre detenido y lo soltaron dos días después.
Paula bajaba a lavar al arroyo de abajo, allí, entre las sargas, dejaba y recogía, de aquella carcasa de pila las esquelas que le dejaban los guerrilleros. Sólo su primo Carlos, sabía el código de la ropa colgada, para avisarle  de si podía bajar a suministrar, si había movimiento de guardias o cualquier otra anomalía. Sólo él sabía descifrar aquel galimatías de calzoncillo, camisa, delantal o camisón, cuatro piales y una sábana. Por algo era y seguiría siendo su mejor amigo. Se llevaban dieciséis días de diferencia, criados en la misma calle, habían participado respectivamente en las matanzas del gorrino del otro, habían jugado a la pelota con las vejigas infladas y corrido con los palos encendidos de las hogueras de San Antonio, haciendo dibujos en el aire con las chustas.
A Paula le gustaba, cuando hacían rosquillos, reservar unos cuantos para su primo Carlos. También se dedicaba a confeccionarle calcetines o jerséis de lana que ella misma cardaba e hilaba. Entonces no le había llamado la atención ningún chico a pesar de que rondadores no le faltaban.
Pero un día de la fiesta del pueblo, cuando estaba en casa atendiendo a su madre enferma, llegó Fina después de cenar y le preguntó por qué no salía.
- Han venido los maquis, está tu primo Carlos y va otro con él, que vaya planta que tiene… ¡Cómo está!
- Baja la voz, que te van a oír.
Su madre la llamó
-¡Paula acércate un poco al baile que si no menudas fiestas que vas a pasar! Deja los cacharros y mañana ya habrá tiempo, además no hay que prepararle a padre merienda. Vete con Fina y así te distraes, que llevas todo el día aquí metida.
A Paula le brillan los ojos, mientras recuerda escuchando la tele sin hacerle caso.  Ve como si fuera ayer, a Fina y a ella misma del brazo, saliendo de su casa con paso alegre y juguetón dándose empujones, cuando Fina le recordaba lo  guapísimo que era el que iba con Carlos.
- Venga nos acercamos a saludar a Carlos y así nos presenta.
- ¡Ah! Pájara, por eso has venido a buscarme tan rápido, pícara.
Llegaron a la plaza y en la entrada de la tabernilla, estaban con un chato en la mano Carlos y el otro, hablando con otros mozos del pueblo. Aquella aldea era una isla de republicanos en el mar de la grisura franquista conquense y los guerrilleros estaban tranquilos. Aún con todo, tenían todas las entradas del pueblo vigiladas. En total eran doce guerrilleros. Primero fueron a la fiesta la mitad, entre ellos Carlos y el otro, que se acercaron en cuanto vieron aparecer a las dos chicas.
- ¿Has visto Tomás que chicas más guapas hay en mi pueblo?
Carlos y Paula se abrazaron.
- Tomás, esta morena es como la hermana que no he tenido
A Paula le subieron los colores
- Bueno ¿Qué queréis tomar? Que os convido.
Se acercaron a la tabernilla y en la puerta esperando quedaron Tomás y Paula. Mientras pedían unas gaseosas, Paula se fijó en Tomás y  reconoció que Fina no había exagerado, era alto, un año o dos mayor que ella, castaño y con unos ojos que parecían que leían el pensamiento.
- Carlos me ha hablado de ti.
- Para bien me imagino.
- Ya lo creo, dice que siempre habéis estado juntos desde pequeños.
- ¿Tu también estás con Carlos en el monte?
Interrumpió Fina para tomar algo de protagonismo.
- Si.
Dijo Tomás mirándola con cara rara (no le había gustado la pregunta)
- Pero cuando de la vuelta la tortilla verás quienes son los que se tienen que esconder.
Soltó la frase tantas veces repetida sin tener fe en ella, pues veía que la marcha que llevaban era más salvar la vida que atacar al régimen.
Volvió Carlos con las dos gaseosas, las tomaron las chicas y Fina preguntó a Carlos qué tal estaba. En esto Tomás le pidió a Paula si quería bailar el pasodoble que estaba tocando el tío Chato con el acordeón. Le dijo que sí, y a Paula le subieron los arreboles de nuevo.
- Bailas muy bien.
Le comentó Tomás para apaciguar el nerviosismo.
- ¡Huy, no te creas que a veces con las vueltas me desatalento y no se si voy o vengo!
- ¿Sabes…si llego a saber que Carlos tiene una prima tan guapa ya hubiera hecho por bajar con él.
- Anda zalamero, que seguro que se lo dices a todas.
Paula se alegró de estar sola en casa para no tener que explicar el porqué  de esa risilla que le da al recordar el piropo que le echó aquel maqui hace ya tantos años.
Los guerrilleros se marcharon aquella noche y nadie denunció su presencia. La siguiente vez que bajó Carlos a suministrar a casa de Paula, le dio la cuchara de buje que Tomás le había tallado con su nombre grabado.
- ¿Y cómo no ha bajado él a dármela?
- ¡Ah Paula que os habéis enamorado! ¡Cómo me lo imaginaba, pensaba que era solo Tomás pero ya veo que tu también!
Dijo Carlos echándose a reír
– Con los mozos que hay en el pueblo y te echas de novio a un maqui.
- ¡Cállate, que te va a escuchar mi madre!
Paula recuerda, mece la butaca, vuelve a reírse y niega con la cabeza.
La siguiente vez que vio a Tomás, fue un día al volver  de lavar. Había leído la nota de la estafeta y ella hizo el rompecabezas de ropa extendida en los riscos para informarle a Carlos que estaba la zona libre de peligros. Cuando subía al pueblo, detrás de un zarzal muy espeso pronunciaron su nombre.
- ¡Paula!... Ven aquí detrás, soy Tomás el amigo de Carlos.
Ella miró para todos los lados y después de no ver a nadie, rodeó la vegetación y se encontró con Tomás que le cogió el balde de la cabeza, lo dejó en el suelo, la abrazó y la besó. Ella intentó zafarse de él.
- Para, para, que tu vas muy rápido.
- ¿Te parece que estoy en condiciones de rondarte despacio e ir a buscarte a la puerta de tu casa todos los días o qué?
Le aclaró mientras la volvía a tomar besándola en la boca. Paula se sintió la mujer más feliz del mundo, y así abrazados y acariciándole Tomás el pelo, estuvieron un rato sin decir nada.
- ¿Cómo no ha venido Carlos?
- Si ha venido, está encima del ribazo haciendo guardia
- Entonces nos habrá visto ¡Qué vergüenza!                                                          Tomás tiró una piedrecilla a donde estaba Carlos y este bajó riéndose. Paula, roja como un tomate, se encaró con él.
- ¿De qué te ríes?
- No, de nada.
- Pues si no has visto nada…para que te rías con razón ¡Mira!
Dijo Paula, mientras cogía a Tomás y le daba un largo beso en la boca.
- ¡Joder, Paula cómo has espabilado! Venga, vamos Tomás, que si no estos van a sospechar.
- ¿Quiénes van a sospechar?
- Los jefes, que no quieren que nos echemos novia estando en el monte.
- ¿Y por qué? No veo que mal les puede hacer, si encima os traigo más cosas y os  ayudo con más motivo.
- Querida prima, porque tiran más dos tetas que dos carretas y los ojos que tiene puestos en ti, no los tiene  en los civiles. Venga, nos vamos.
Paula suspira y recuerda como fue a su casa con la sensación de flotar. No le pesaba el barreño, sólo recordaba el abrazo y los besos. Aquella misma noche empezó a preparar unos calcetines para Tomás y cuando las noches fueron más largas empezaría un jersey.
Aquel otoño fue maravilloso, Paula gozó de todos los placeres que el cuerpo y la mente pueda disfrutar. Hasta que el asalto al campamento en el que estaban los guerrilleros alejó a Tomás y a Carlos.
Cayó en una profunda melancolía y el tiempo fue rehaciendo su  vida. Era joven, pero el poso que dejó Tomás fue inolvidable.
Paula ahora llora, pues recuerda el día en que notificaron a toda la familia que a Carlos lo habían matado en el otro extremo de la provincia. Paula llora y se revuelven las lágrimas de Carlos, con la ilusión que le ha dado ver a Tomás en un documental, ya anciano como ella y saber que su nombre era Antonio Antón y todos estos años había estado en Francia. Recuerda y mira hacia atrás como por un túnel oscuro, al que sólo ilumina el recuerdo del primer amor.
Paula hoy llora, pero no sabe que dentro de una semana la voz de Tomás sonará en su teléfono para explicarle como la ha localizado, preguntarle como se encuentra y si quiere que se vean para recordar los viejos tiempos.
Paula no sabe que dentro de una semana volverá a su casa del encuentro como aquella vez, flotando en una nube de ilusión, tejerá el jersey que le prometió y no le pudo entregar y será el primer regalo de su nueva vida con “Tomás”.

XVII

Yo estaba en el destacamento del Carrizal. Me habían destinado hacía poco. Por aquel tiempo los maquis campaban por aquella zona, incluso había uno de allí, acababan de matar a un compañero nuestro hacía un mes, en el asalto al coche de línea. Nos enteramos que un fulano de la Hoya estaba suministrándoles a los  maquis, el cabo Marcos dio orden de detenerlo y traerlo al cuartel para interrogarlo. Fuimos una pareja y lo trajimos detenido por la Herrería, luego por la senda vieja hasta el pueblo. Recuerdo que era la víspera de Santiago.
Claro que recuerdo cuando se llevaron a Bernardino. Lo esposaron con las manos a la espalda y aquello ya nos dio mala espina. Tenía algo de rivalidad con el alcalde del pueblo por cosa de la resina y los pinos que le tocaba picar. El tío Eusebio que estaba por los Quemaos, vio como le iban hablando y de vez en cuando, le empujaban y le daban una hostia. Luego pararon en la Herrería.
Sí hijo sí, aún lo recuerdo, cómo mi abuela fue la única que se atrevió a darle agua al pobre Bernardino. Llegaron a la Herrería que lo traían esposado y uno de los guardias fue a dar un recado. Mientras esperaban, Bernardino  pidió agua a las mujeres que estaban en el lavadero, miraban al guardia y a él y ninguna se atrevía.  Mi abuela se acercó al caño, enjuagó un tarro de la resina que había allí y le dio de beber. No hubo una palabra más. Recuerdo la escena como si la viera ahora. Yo tendría siete años, la cara de aquel hombre, la de las mujeres sin atreverse y mi abuela resuelta, sin miedo.
Llegamos al cuartel y el cabo Marcos se encargó del interrogatorio y al final acobardado porque lo cogimos en renuncio, ya se declaró culpable. Como no teníamos calabozo, lo metimos en una cuadra de caballos en el cuartel hasta la madrugada siguiente. Fuimos con el de La Hoya a hacer un servicio de reconocimiento de los puntos que el conocía. Era de madrugada, salimos temprano para que no nos cogiera el calor. Cuando íbamos por la curva del cuarenta se intentó escapar, hubo que tirarle y cayó muerto, porque nosotros teníamos obligación de disparar si intentaba fugarse pues sino a nosotros se nos caía el pelo. Y no hubo más, eso fue lo que pasó.
La gente estaba por el pueblo ya oliendo a fiesta pues al día siguiente iba a ser Santiago que es patrón del Carrizal. Fue después de comer cuando se oyeron los primeros gritos. Al principio la gente comentó que ya le estaban dando unas hostias al  que habían traído detenido de La Hoya. Se escuchaban perfectamente porque le pegaban en el  corral del cuartel. Suplicaba que le dejaran porque no sabía nada y llamaba a un conocido del Carrizal para que fuera si le oía y les dijese a los guardias que era verdad lo que decía. Aquello no era una paliza como las demás que daban. Todos nos agolpamos alrededor del corral según se oían más y más los gritos. Luego nos fuimos yendo acojonados cuando se fueron oyendo menos y el lamento quedó en gemidos, sin dejar de darle palos como si fuera un saco. Todavía hoy se me erizan los pelos y me estalla en los oídos sus lamentos. Yo me fui de los últimos. No se oía ya nada. Aún se asomó a la ventana una civilera con el rostro desencajado.
Aquella noche hicieron trámites con un falangista que tenía una camioneta para sacar al muerto, pero se negó, cogieron a uno de Villa Franco que había subido con la cosa del estraperlo y con su borrica hicieron que lo sacara de madrugada. Y más abajo del molino lo descargaron y le dieron unos tiros.
Al salir de misa, la guardia civil comento que el de La Hoya intentó escaparse y se vieron obligados a disparar.

Libro de registro del Gobierno Civil (Archivo Histórico Provincial):        
Entrada Nº 11828/28-07-48/ El Carrizal/ Guardia Civil. Dando cuenta de la muerte del vecino de La Hoya Bernardino Montes Madrid, cuando intentaba huir de la guardia civil, por complicidad con bandoleros.

XVI

...Verá usted, yo entonces hacía la mili, había venido de permiso al pueblo y estaba en el bar cuando aparecieron dos guardias civiles, uno muy moreno con gorra de chofer, y nos dijeron a otro y a mí: “¡Usted y usted! Vengan que hay que recoger a dos maquis que hemos matado”. Así que nos fuimos a dos o tres kilómetros de la Cañada.
Cuando me acerco a los muertos... ¡Madre mía! ¡Uno era Ramón amigo mío y peón caminero de profesión! Les dije a los guardias:
- Pero si este no es maqui que lo conozco.
- ¡Usted se calla! ¡Recójanlos y al carro!
Y es que habían llamado a otro del pueblo para transportar los muertos con un carro de pértigo que tenia de la resina. Cuando levanté de los brazos a Ramón me dio una cosa así como aprensión. Tenía un tiro en la nuca y al moverlo la sangre sonó por dentro. Entonces el médico del pueblo, que estaba presente, dijo que me apartara que ya le ayudaba al otro a echarlos al carro. Este médico era muy buena persona y se negó ha hacer las autopsias como los guardias querían y tuvo que venir otro médico del pueblo de al lado. Ramón y el otro muerto, que era del Rento Nuevo, estaban morados de palos y con hematomas por las  manos y la cara... ¡Ah! Y una cosa que me llamó la atención fue que estaban los casquillos muy cerca de los muertos, estaba todo regado de casquillos.
Lo que se sintió luego, por un pastor que estaba en   enfrente de donde los mataron, fue que el coche venía del Rento Nuevo, pararon, se bajaron los guardias y los detenidos  que se apartaron un poco, pero sin correr ni nada y entonces sonaron los disparos.
Eso es lo que te puedo contar. Luego hubo también algo de trastorno cuando los enterraron, porque las mujeres de “los fachas”, que les decimos, cuando iba el cura con los cadáveres al cementerio, empezaron a decir cosas de los muertos: que cómo les acompañaba el cura y cosas así y don Pascual tuvo que mandarlas callar.
   - ¿Sabe algún suceso más relacionado con los maquis?
- Suceso no, yo estuve con ellos. Verá usted, entonces yo iba de peón de albañil con el tío Heliodoro, y fuimos a retejar al rento de la Fuente Gorda y allí aparecieron aquellos señores que no eran maquis, eran guerrilleros. El rentero ya me había avisado: “Saturnino, si ves venir unos hombres armados no te asustes ni digas nada que son los guerrilleros de Levante”. Una gente educada porque sí. El jefe era alto, con chaqueta de pana, pistola y un pito colgando del cuello. Estuvimos jugando al pulso, al estira garrote. En armonía y bien.
- ¿Recuerda para qué año sería esto?
- Pues tenía que ser para antes del 47, porque para esas fechas me fui a la mili y era temporada de ahijar las ovejas. Por lo que contaron luego, este guerrillero que hacía cabeza lo mataron mas tarde en Rodena, cuando salía de un pajar de las orillas del pueblo y los guardias estaban esperándolo apostados en un horno de yeso.
Otra cosa de esmentar, es que estos guerrilleros le ayudaban al rentero de la Fuente Gorda a segar por la noche. Y los del Rento de Arriba decían: “Me cagüen el copón, los del tío Sordo ya han segado todo el vago”. Y creo que cogían la corbella y llevaban un gavilleo que para qué.

XV

El campamento de la Hoya de los Ajos aquella mañana estaba tranquilo, como tantas otras. La monotonía se rompía si venía alguien a suministrar, cosa que ocurría de noche o bien si llegaba otro grupo o un enlace.
Estaban siete guerrilleros: dos preparando el rancho, los otros sentados leyendo y limpiando el máuser con un trozo de tocino, excepto el que hacía guardia.
El lugar estaba rodeado de tormos de hasta cuatro metros de alto. Espaciosos los callejones, estaban protegidos por pinar adulto y latizos sin podar, que ocultaban el emplazamiento. La cocina aprovechaba una roca con visera a la que cerraban el lado descubierto con cabrios y pinaza encima. Anexa a ésta, la despensa, una choza de igual construcción, pero más espaciosa y con unas piedras amontonadas en forma de rustica pared en la base de los palos. Aquí dentro se almacenaban naranjas, cebollas, ajos, harina, arroz, aceite, vino, sartenes, cucharas…y colgado del pugón de un cabrio la canal de una res.
A quince metros de la cocina estaba la choza que cobijaba las armas, la propaganda, el papel y la máquina de escribir. Era un abrigo al que se le había tapado la entrada con los mismos procedimientos, pero entre los largueros y la pinaza habían intercalado un lienzo al que le habían untado cera para impermeabilizar.
Por último dos chozas más, alejadas una de otra cerrando el imperfecto círculo que formaban las construcciones. En la plazuela que quedaba había tocones de los latizos cortados, llamando la atención por su altura, de al menos cincuenta centímetros, contrastando con otros tocones procedentes de cortas mucho más bajos y apurados al suelo.
En un tormo aledaño al campamento, adosado a una sabina, habían levantado una garita de piedras en la que estaba el guerrillero que hacia la guardia. Desde allí unas cuerdas rodeaban todas las chozas y de ellas colgaban campanillas.
 Las letrinas al noreste, donde se acumulaban las piedras volteadas, aprovechadas para tapar los excrementos y papeles de periódicos o propaganda vieja, que usaban para limpiarse.
A un lado del campamento, un poco más allá de la cocina, una sima se abría en el suelo con una boca redonda y pequeña, poco más de un palmo de diámetro, que servia para refrescar el vino, bajando las botas atadas a un ramal.
La mañana era tranquila, hasta que el de guardia exclamó.
- el ganado que se siente viene para acá.

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Yo venía por aquí a pastar con el rebaño, porque mi hermano llevaba las paridas por la parte baja del pueblo por donde le decimos la Dehesa. Esto se llama la Hoya de los Ajos, venía por aquí, cuando vi papelillos muy pequeños y piedras dadas la vuelta y es que aquí es donde venían los maquis a hacer de vientre .Cuando me quise dar cuenta, ya tenía a uno con un escopeto echándome el alto.
- ¿llevas armas? - Me preguntó.
Yo le dije que no,  pero me miró los bolsillos y el morral. Cuando vio que era verdad lo que le dije me llevó con el resto de los compañeros. Estaban allí junto a aquel tormo, tenían tres chabolas, una para dormir, otra hacía de cocina y la otra de almacén. Eran de ramas de pino y por abajo una miaja de pared con cuatro piedras. ¡Mire, mire! y estos tocones tan altos que ya están podridos eran suyos, de los que cortaron. Que me extrañó lo mal cortados que estaban a dos palmos del suelo.
Se me presentaron
- ¿Usted sabe quiénes somos nosotros?
Yo me hice el tonto y dije
- Pues no....
Pero bien sabía que eran los maquis. Yo temblaba de miedo, estaba que me ahogaba con un pelo.
- Somos los guerrilleros de Levante, nosotros estamos aquí para acabar con Franco y reponer la República. ¿De dónde es usted?
- De Valdeovejas.
- ¿Cómo se llama?
- Me llamo tal...
- ¿Nos puede enseñar la cédula?
Que entonces no había carné. Me apuntaron el nombre y ya me ofrecieron un trago de vino.
- Usted que es joven, se tendría que venir con nosotros y así el día de mañana usted seria alguien, no como ahora, hecho un desgraciado que va ha estar toda la vida peleando con las ovejas.
Yo les dije que no podía, que mi padre me necesitaba, que si esto que si lo otro, poniéndoles excusas. Ellos me pusieron el caramelo de la comida, me llevaron a la chabola donde tenían la comida.
- No se crea que porque estamos en el monte nos falta la comida.
Me enseñaron una canal de cabro capao, ¡qué cosa! ¡Qué carnes que tenía!... Y naranjas, que me regalaron dos cojonudas...
Después de eso me dejaron seguir con el ganado dejándome claro, eso sí, que como dijera algo tenía peligro de muerte.
Otra cosa que me llamó la atención eran las cuerdas que tenían rodeando el campamento y en el extremo atadas había unas campanillas colocadas en la garita del centinela que estaba encima de aquella piedra. Yo ya me fui y le dije a mi hermano que las ovejas había que bajarlas a la Dehesa, porque aquellos pastos estaban agotados. Pero lo cierto era que no quería pasar por allí para evitar otro encuentro con los maquis.

XIV

Te voy a contar lo que pasó en aquellos tiempos del maquis aquí en Poveda.
Dos días antes de que estallara la guerra, eran las fiestas y los gancheros subieron al baile. Y que si sí, que si no, se liaron a cantar por las eras lo de “arriba los de la cuchara, abajo los del tenedor…”. Se plantaron y decían que si no les subían a veintidós reales no bajarían un palo por el Tajo. Estaba ya la cosa que ardía, y a los dos días mira, el 18 de julio.
Para la guerra había mucha gente que intentaba cruzar al bando nacional, que estaba al otro lado del río. Se los encontraban ahogados por debajo del Pozo la Rata. Otros los localizaban desde los puestos y les tiraban. Uno lo mataron en Hoyo Redondo y por allí estará enterrado todavía, al lado de la fuente.
El frente por aquí no se movió. Una vez vino uno que le decían Mera, mandaba la columna que se instaló aquí y estaban todos los milicianos revolados.
Al acabar la guerra uno del pueblo se vino para acá, a los montes cercanos. No se quería entregar y su familia le sacaba comida. Se enteraron los de falange, le hicieron una emboscada y lo mataron. Eso fue para el verano del 39.
Cuando vinieron los maquis por aquí…, bueno, esto que te voy a contar fue más tarde, ya hacía unos años que se sabía que trasteaban por aquí. Estaba yo entonces con un atajo de cabrillas por la parte del Machorrillo y se presentaron cuatro maquis. Uno de ellos era el Manco de la Pesquera, Estábamos preparando cena otro pastor y yo, ladraron los perros y al salir a ver que pasaba ya me estaban apuntando. Me dijeron que quién había y entró uno con una linterna y miró todo. Les dijo que pasaran y se sentaron con nosotros. Nos preguntaron si había cuartel, cuánta fuerza y cosas así ¡Ah! Y por parajes que iba leyendo en un mapa de la zona. El Manco le ordenó a otro que sacara el botijo que teníamos, para que bebiera el resto de la cuadrilla, que había quedado escondida. Era mentira, para que pensáramos que eran más. Tiraría el agua por allí y se acabó.

Nos cogieron un pan y una botella de aceite que teníamos. Me dio una nota que decía: “al restablecimiento de la república, será pagado un pan y tres cuartos de litro de aceite a fulano del tal. A.G.L. décima brigada”. Al amanecer fuimos a dar cuenta al cuartel y al día siguiente tuvieron tiroteo con la guardia civil. Y se comentó, que si habrían herido a alguno, pero no se supo seguro.

XIII

¿Qué oscuridad nos ciega a los hombres en el andar del destino? ¡Qué crestas, que picos he de recorrer para luchar por lo que volverá a ser una y otra vez! Lo que surgirá y se derrumbará, como todo a lo largo de la existencia del hombre.
¿Cuando cayó mi cuerpo en esta lucha? no recuerdo... 

El cieno no me deja pensar, el lodo de esta vida asfixiada, reprimida, para ellos pecadora, para mí ni siquiera es existencia, esto no es una vida. En una vida se sale de casa y se saluda aunque con gesto aburrido al vecino. Trabajas, te sientas a resollar, vuelves del campo con la mula tranquilo, ves a tu mujer y a tus hijos.
La vida no es más que eso, monotonía. Entonces ¿Qué es esto? Es una eterna huida, es el vacío del mañana, es pensar que el hombre no vale la pena. Pero esto pensado tarde, cuando uno ya está subido aquí sin retorno. Entonces es cuando la vida se aleja como las  aves en invierno. ¿Dónde quedó la amistad, la confianza, el espíritu de combate, el compromiso que me trajo aquí? ¿Soy la misma persona? ¿O soy el despojo de lo que fui, de lo que no nos dejaron ser?
Miro al pueblo y veo cieno. En las calles saliendo de las chimeneas. De las mentes que obligan a creer en el dios que ellos nos regalan, que asfixia por el cieno que nos cubrió, que nos cubre y cubrirá, sacando el ogro que todos llevamos dentro, donde cada cual se sorprende como la destrucción del individuo es ilimitada, si las circunstancias te arrojan al refugio de un ideal del que sales escamado, el que permite y obliga a que mates a tu mejor amigo. ¿Qué clase de destrucción es esta, en la que no hay una vía de escape. En la que sólo la muerte se contempla como suerte del coqueteo macabro? Adiós amigos, no aguanto más. No haré traición.

XII

Juan, relató cuando Honorio Hontanar, su padre, se hizo carabinero en la guerra civil, donde lo hirieron en varias ocasiones, pidiendo una y otra vez el alta voluntaria para volver al frente.
Recordaba, que al ver a los seminaristas de paseo, les decía a su hermano y a él, que tomaran el rumbo que quisieran en la vida,  pero que no acabaran como aquellos cuervos.
Tras la derrota lo condenaron a treinta años de prisión, pero salio para el 45. Las palizas y las malas condiciones le hicieron perder un pulmón que se le quedó inútil por la tuberculosis. Cuando salió, contactó con la guerrilla, tomó el alias de Flores y puso su casa y a su familia al servicio de la resistencia.
Juan, revivía aquellos años y relataba todo extasiado:
- Aún  recuerdo a aquellos hombres. Uno de ellos se llamaba o le decían Segundo. Otro, al que le decían Valencia,  me contó que cuando escapó de la guardia civil iba descalzo y casi se le helaron los pies porque estaba nevado. Y por último, uno muy joven que tenía una vitalidad y una ganas de vivir... que le llamaban Maquinilla.
Le puntualicé que a este último lo mataron en su pueblo, seguramente al poco de estar en su casa.
- Pobrecillo, parece que lo estoy viendo sentado en esa mecedora que hay en el salón.
Hizo un gesto mirando la mecedora como queriendo rescatar su imagen en aquella misma casa.
- ¿En que consistían las labores de punto de apoyo que hacíais vosotros?
- Yo iba a comprarles medicinas o comida. Mi hermano, que es mayor, iba con mi padre a un punto de encuentro que tenían en la Fuente de la Piedra, que está muy cerca de aquí, de Cuenca y allí se entrevistaba sobre todo con Segundo, que era con el que más contacto tenían. También iba a entrevistas al ventorro que había en el puerto de las Ciervas  porque su dueño también era de izquierdas. En una ocasión recuerdo que fuimos  al hospital a ver a un amigo suyo y el enfermo le decía “Esto va a cambiar pronto, está a punto de dar la vuelta  la tortilla”. O sea, que ellos sí tenían esperanzas en la lucha que llevaban entre manos.
Mi hermano, al menos en dos ocasiones, trajo botas de los Manantiales donde había un punto de apoyo. Las llevaba al zapatero que estaba en mi barrio y que también era punto de apoyo.
En mi casa estuvieron durmiendo en varias ocasiones aquellos hombres. Esto acabó cuando una noche que mi padre volvía a casa, al llegar a la puerta, le echó el alto la guardia civil. Llevaban detenido a otro que era hojalatero. En un primer momento mi padre no hizo nada y les pidió que le dejaran un momento para hacer sus necesidades. Mi casa era la última antes del descampado, hizo la intención de bajarse los pantalones y se dejó caer por el terraplén escapando entre los tiros que le disparaban los guardias. Ya era tarde, muy de noche, a últimos de noviembre.
Se incorporó al monte y supimos que lo hirieron de un disparo de escopeta en la cabeza al entrar en un pueblo a por suministro...después le perdimos la pista. Se comentó que lo habían pasado a Francia al estar disminuido por el pulmón y la herida de la cabeza. Luego, a través de radio Andorra mandaron una felicitación a mi hermano en el día de su cumpleaños, además lo llamó por el nombre por el que es conocido mi hermano “Antonio” aunque su verdadero nombre es Jorge. Por lo que entendimos que fue él.
Después recibimos una carta muy misteriosa de un pueblo de Valencia, que todavía no logro entender, fue al tiempo de no tener noticias de mi padre, cuando nos enviaron un escrito pidiéndonos dinero por “las deudas contraídas” por mi padre en su estancia del remitente. Quemamos la carta y lo dejamos estar, ¿Qué íbamos  a pagar nosotros si no teníamos ni para calzado? Si teníamos que ir a robar a los huertos porque pasábamos más hambre que el perro de un ciego. Y fíjate, con los secuestros que hacían los guerrilleros que cobraban miles de pesetas, en casa no entró ni un duro. Estando mi padre aquí teníamos que ir a vender periódicos, a la estación a ver si alguien quería que le lleváramos las maletas o a pedir directamente allí mismo. Fíjate si lo pasamos mal, un hambre que para que.
Mi madre de lo mal que lo pasó, el resto de su vida no comentó ni una palabra sobre el tema. Y mi padre... ¡que valiente que era y que buena persona! ¿Qué sería de él? A veces hemos pensado que habría rehecho su vida en Francia. Pero digo yo que alguna señal de estar vivo habría dado o quizá moriría por allá, como tan mal estaba de salud. No lo sé, pero siempre te queda esa incertidumbre de qué fue de él.

 

Un año mas tarde leí el informe del guerrillero Segundo, en el relataba como disparó a Flores en el periodo estalinista más paranoico. Justificando su actuación por la supuesta traición que había hecho al ponerse al servicio de la policía. Pero el protocolo del partido no cuadraba con esa eliminación, pues esta se consumaba después de haber hecho un “juicio” en el que estaban presentes el resto de guerrilleros, y en el que se leía la acusación y se permitía al reo que dijese sus  últimas palabras como “defensa”. La falta de pruebas, para mantener una acusación de esas características delante de otros guerrilleros que conocían bien a Flores, les hizo abandonar esa vía para deshacerse de aquél hombre prematuramente envejecido por la tuberculosis y herido de un tiro en la cabeza. Su evacuación a una casa segura, no reportaría a la lucha nada más que problemas.
Así, con el engaño de ser evacuado, llevó a Flores en compañía de Manco hasta el monte de Olmeda. Cuando iban caminando, Segundo pego dos tiros por la espalda al compañero que le abrió las puertas de su casa.
Cuando me puse en contacto con Juan, no podía creer el trágico final de su padre.

XI

Para el 20 de Junio de 1937 estaba de pastorcillo en la sierra por los chaparrales con otros dos hombres más. Yo llevaba el ganado más pequeño. Aquella noche se presentaron los nacionales con la información que les había dado uno que se pasó de aquí del pueblo. Se llamaba Felinillo. Nos cogieron a los pastores, juntaron los tres rebaños y nos pasaron al otro lado del Tajo por las juntas del Hoceseca y el Tajo, por la misma centralilla, que por cierto, recuerdo que tenía una valla electrificada para evitar sabotajes y había un hombre muerto tapado con una manta y comentaron que era sargento de los nacionales que murió por accidente.
Nos llevaron a Molina y las 1500 ovejas las embarcaron para Zaragoza. A mi me dejaron tirado como un trapo, con 14 años que tenía y sin saber donde ir. Por último me ajusté con uno que tenía ganado y hacía la trashumancia a Ávila y allí pasé el resto de la guerra en Candeleda. Yo no sabía ni leer ni escribir y le dije a uno que sabía algo que si me quería ensañar. Me dijo que sí, compré unas cuartillas y con una piel de conejo me hice así como una cartera en la que guardaba el lápiz y los papeles. Por la noche éste hombre me ponía muestras y yo por el día en el campo, con el ganado, hacía las copias y de esta forma es como aprendí lo poco que sé.
Para últimos de Mayo de 1939, ya subíamos para acá con el ganado y cuando pasamos por los pueblos esos de Brihuega, Baides... me impresionó la cantidad de muertos que había allí amontonados, ya estaban en el esqueleto y aun les quedaba trozos de ropa puestos. Aquello no se me olvidará en la vida. Mi madre me estaba esperando como loca porque aunque sabía que estaba bien, por las cartas que hacía llegar a través de la Cruz Roja, no me había visto desde hacía dos años, y lloraba que parecían los ojos dos fuentes maniantal.
Luego malviviendo. Aquí no había trigo, ni aceite ni nada, sólo patatas y judías… y pocas. Me fui con una mula recorriendo pueblos de Guadalajara para cambiar judías por algo de harina. La gente no se atrevía a darme nada, porque estaba todo intervenido y ponían unas multas de mucho cuidado. Me tuve que venir con las mismas.
Y ahora te cuento por lo que me has preguntado antes, lo de los maquis.
La primera vez que hubo movimiento o por lo menos que yo conozca, fue para el 47. A primeros de Mayo fui a echar la yegua a un caballo a Traid y cuando iba por el Machorro, para bajar por la rocha de la Murrionera, veo venir así en batida a un montón de guardias. Se me acercaron dos y me preguntaron si había visto a gente extraña. Yo les dije que no y me dejaron seguir.
Cuando llegué a Traid me contaron lo que había ocurrido. Los maquis habían tomado el pueblo de Alcoroches y desde allí les iba siguiendo los pasos la guardia civil. Al volver al pueblo con la yegua me contó un pastor, que se llamaba Aniceto, que en las Minas los civiles habían matado un maqui aquella misma tarde que yo me encontré a los guardias.
Otro año, me parece que fue al siguiente, en el 48, me encontré con un grupo de maquis en las Vaquerizas. Yo estaba haciendo leña cuando se me presentaron dos hombres armados. Me preguntaron si estaba solo y si tenía armas, registraron el morral, pero no me tocaron nada. Dijeron que siguiera haciendo la leña. Había dos conmigo que me vigilaban y el resto del grupo estaba apartado. Cuando paré a comer, también lo hicieron ellos, me preguntaban por el alcalde, si tenía novia, si había buen corte de chicas en el pueblo, pero de política no me hablaron nada.
Cuando caía el sol les pedí que me dejaran marchar, pues para ese día, casualmente, tenía que echar la yegua a la parada de La Torca y si no llegaba a tiempo se podrían extrañar y preguntarme. Me dejaron ir ya tarde, descargué la leña en casa y fui a toda prisa a echar la yegua, que ya me estaban esperando y me llamaron la atención. ¡Ah! Antes de dejarme marchar tuve que subirles agua del Royo de la Hocecilla con unas cantimploras que llevaban.

X

- Madre mía, Carmen, ¿Dónde me he metido? Si llego a saber esto, habría seguido echando el jornal y le habrían dado por culo a los maquis, al cabo y a esta mierda de pueblo.
- ¿Qué te ha pasado hoy?
- Lo de siempre pero más cargado de bombo. Esta madrugada hemos llegado a la casa del mojón para detener a Nicolás, que está liado con los maquis. Se conoce que se olía algo y ya se había ido con ellos. Solo estaba la mujer y los dos críos. El cabo se ha cabreado: qué dónde está, que me digas esto  o lo otro, hostia va y hostia viene. Se me ha ocurrido decirle: “déjela cabo”. Se ha vuelto, me ha empujado y otras hostias para mi. Los compañeros no sabían que hacer. He mirado a Ramiro y con los ojos me lo decía todo, estaba como yo, encima teniendo que sujetar a la pobre mujer para que le diera el cabo. Y los pobres niños asustados llorando en un rincón. Después me llamó aparte y dijo que la última vez que le llamaba la atención ni en público ni en privado y que mandaría informe de lo sucedido a Cuenca ¡Esto  es de locos! Como no podemos con esta gentuza en el monte, a las familias las traemos negras. Como siempre los más desgraciados se llevan la peor parte. Me dijeron el otro día que en El Carrizal cogieron a un crío de 10 años y el cabo Marcos se lió a guantazos con él. Los familiares del chaval plantaron cara y dijeron que o sacaban al niño o quemaban el cuartel. Serían más de cincuenta y tuvieron que dejarlo salir.

- Yo, qué te voy a decir…que la gente me saluda, pero les notas que te ponen buena cara por ser “la civilera”. Cuando están hablando ellas y paso yo, se callan, no se brindan a hablar conmigo. Las únicas, las mujeres de los del somatén, como esa estirada de Maruja que es una engreída que para que… siempre está hablando de los rojos: que no tenía que quedar uno, que si ellas son todas unas putas, que cuando la guerra salían con los milicianos por ahí. Y yo me acordaba de mi pobre madre, lo mal que lo pasó cuando le raparon el pelo. Y ese compañero tuyo que se llama Celso no me llena el ojo. Estaba de puertas el otro día y llamó a un chiquillo que pasaba: “Oye ¿Eres tu hermano del cojillo que va de zagal con las ovejas de Florencio?” “Si señor” “¡Pues si llego a estar de servicio el otro día le había enderezado bien la pata con el garrote!” Y el pobre muchacho se fue corriendo asustado. Así que no me extraña que esté la gente como está. Esto no es vida, ni para ellos, ni para nosotros.

IX

Las noches volverán a crecer cuando deje esta cima. No sé si regresarán con frío. Con la melancolía del pasado llegarán los días próximos con más ilusión, con voluntad porque lleguen con el acercamiento al futuro. No podré negar que hay luces en el mañana
que atraen más que un hoy, que no se sabe con certeza que es lo que tiene, hasta que no ha pasado el empuje de las arrugas.                      
Pariré las iniciativas que gruñen en el interior de la intranquilidad, como hojas que caen del árbol otoñado.                 
Cae, cae la gota nueva que dura toda una vida aguanta, resiste, se abraza como la niebla marcha al abismo, pendiente al vacío. Estalla, retumba, brama, pues no llega a su destino. Es una caída eterna imperfecta, pues no crea cae, cae, cae, surge el trabajo que incita a crear. Nunca llega pues el trayecto es la creación nunca quieta, siempre creando. Siempre en el monte.

VIII

La anciana subía a la covacha donde cerraban los atajillos pequeños, estaba al pie de los farallones que se levantaban a kilómetro y medio del pueblo. Tiraba del borrico que caminaba acompasando la marcha de la abuela, el serón con la horca en un cujal y la azada en el otro. El queso de barro lo dejó en la huerta, en la que acabaría la sirle revuelta con la tierra criando el hortal.
Llegó a la covatilla después del fuerte repecho serpenteante, bajó  las herramientas y cavó hasta remover lo que calculó para llenar el serón. Buscó una rama seca que aparase el cujal y cuando terminó de cargar, tomó el borriquillo del ramal caminando despacio para que el animal bajara con seguridad. Descargó la basura en el huerto, echó un trago de agua y otra vez para arriba.
Cuando llegó no lo podía creer. La azada y la horca estaban en la entrada del recinto en el mismo lugar donde los había dejado, pero el estiércol había sido picado. Salió y buscó en el entorno de la cueva al responsable sin descubrirlo. Se asomó a una de las gateras que ascendían hasta encima de los riscos, pero no vio a nadie. Cargó de nuevo el burro y bajó a la vega donde estaba el huerto y vuelta a empezar. Llegó al aprisco y se sorprendió una vez más. La sirle estaba cavada. Se santiguó y empezó a rezar mientras pensaba que era el alma de su padre que había bajado para ayudarle al verla tan anciana y sola  en el mundo, sin hermanos vivos, casi viuda de aquel novio con el que no llegó a casarse por la maldita  guerra de Cuba de la que nunca volvió, y tras él no hubo mas pretendientes. Pensaba, rezaba y lloraba, mientras que de la faldriquera sacaba un moquero con el que se limpiaba los ojos.
- Amos que… padre… como se le ocurre.
Decía para si.
Volvió a por otra carga con el mismo resultado. Cruzó encima de la basura la azada y la horca, bajó al huerto y no se encontró con fuerza para repartir el abono por el terreno. Marchó para el pueblo, guardó su secreto dándole las gracias a su padre y pensó lo mal que lo pasaría allí en el Cielo viendo las penalidades que padecía su hija.
Después de comer, más tranquila, decidió bajar a la vega a terminar la faena. Repartió el estiércol y lo envolvió con el montón de hierbajos y restos de la cosecha del año pasado. Se le hizo tarde. Cuando subía al pueblo le sorprendieron unos hombres con armas que estaban en la entrada. Le dijeron que pasara a su casa, dejara la azada y se fuera al ayuntamiento pues los tenían que reunir a todos los del pueblo para hablarles. Se imaginó quienes eran: los maquis. Había oído hablar de ellos, incluso que alguno del pueblo les sacaba comida. Cuando se alejaba de los guerrilleros uno de ellos se volvió hacia la anciana
- ¡Tía Aurelia, poco ha tenido que usar la azada esta mañana! ¿Eh?

VII

El miedo te pone alas,

te bloquea o te despeña.
No hay libertad sin huida,

cuando la vida es la meta.

Huidos sin cobardía,

descalzos sobre la nieve.
Sombras que arañan montañas.
Monstruos, para el cazador
alimañas, lobos… caza.

Corre, recorta, camufla su cuerpo
llora, grita y brama su alma.
Para el vencido, no hay piedad.
El tirano, la rendición,

sólo la entiende desangrada:
“para cada huido un perseguidor
en cada fugitivo, una ráfaga”.
Y así se creó la paz…
la del silencio, la de la tierra salada
la del temor y el susurro en la alcoba.

Huyó para conservar la voz
guardó en el monte su aliada.
Resbaló en umbrías de musgo
tropezó por solanas de aliagas.

Escribió unas letras en soledad
grabó en una piedra su sueño
grabaron su sueño, con una bala
y en el risco, quedó inacabada la palabra libertad.

VI

- Entonces, ¿Quién va a venir conmigo?
- Saldrá Santiago. Os lleváis la multi y dos canutos de cien de propaganda y diez hojas de calco. Se las entregas a Moreno y le dices que es todo lo que le podemos dejar. ¡Ah!...esta carta se la das también  para que el primero que vaya a enlazar con el diecisiete, se la lleve y si no sale nadie que mande un enlace. Pero tiene que estar en manos de Rubio antes de dos semanas.
- De acuerdo, a ver si Cocinero nos echa para el camino algo decente, que estoy de las sardinas hasta los cojones. Que al final va a tener razón la canción “por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas” en vez de pies me van a salir aletas.
- Bueno no te quejes que por el pueblo hay quien se aprieta más el cinturón. Dile que os eche morcilla y chorizo de los del rento del Acebillo, por lo menos, el susto que se llevó el Tío Cayo que sea de provecho.
- Chorizo si, pero morcilla no, que se caga moreno.
- Jodío, entonces mucha hambre no tendrás. Venga iros preparando, que ya va siendo hora.

Saturnino, el cocinero, les ayudó a preparar el avío y salieron en dirección al campamento de Moreno, en el once sector, Ramón portaba el macuto en el que iba la multicopista, de la que se le clavaban los rodillos en la espalda a pesar de haber intercalado la manta.
Santiago abria camino y a diez metros Ramón repechaba con fatiga por el peso.  Anduvieron dos horas sin descansar, ni hablar nada, pues sabían perfectamente el camino. En una pimpollada densa en la que la ausencia de luz se hacía aún más patente, pararon.
Ramón era de un pueblo de la sierra de Cuenca y Santiago de la aldea de al lado. Eran amigos desde jóvenes, cuando jugaban a la pelota en las fiestas. Se incorporaron juntos a última hora a la guerrilla y aunque se guardaban las distancias en el campamento, confiaban plenamente el uno en el otro.
Después de haber cogido aliento, le preguntó Ramón si tenía noticias de su mujer y sus hijos.
- El otro día cuando vino Fabián con la borrica, me dio a escondidas una esquela que le entregó mi mujer. Y nada, están bien. Que la mayor está pegando el estirón y se está haciendo una mujer ¡Me cago en Dios! Y yo sin poder verla. Y el pequeño que está hecho un trasto. Ella va sacándolos para adelante como puede. Le voy a proponer a Capitán, que le mande una carta a don Lucio, el falangista del molino, para que le de a mi mujer algo de harina todos los meses.
- No sé si querrá, ya sabes que los arreglos particulares no los quieren en la agrupación.
- Ya, pero es que si yo no estoy allí, de algún lado tendrá que llegar el pan a mi casa y si no nos da el partido para la familia, alguna solución habrá que buscar, que para mi no estoy pidiendo, que es para mis hijos.
- ¡A ver si esto se acaba de una puta vez y revienta Franco y su puta madre! Y volvemos a vivir al pueblo como tienen que vivir las personas, que estoy hasta los mismísimos de pasar calamidades.
- Ten cuidado con lo que hablas, que aquí bien porque estamos los dos y yo soy una tumba, pero en el campamento, según están las cosas...mira lo del pobre Tobaris.
- Aquello no se me olvidará en la vida, yo no vi bien eso...
- Ya y yo tampoco. Pero no entiendo por que en el juicio, cuando lo acusaban de que quería desertar, no se defendió ni dijo nada.
Bueno dame el armatoste que lo lleve un rato, a ver si pudiéramos estar antes del amanecer por Peña Blanca. El punto de encuentro puede ser debajo de aquel ceñajo, donde tenían la majada los carboneros, si te parece.
- Vale por allí está bien, en fin, que no lo tengamos que utilizar, con el cacharro este a las costillas, no está uno para carreras.
                          Reemprendieron la marcha. La noche era oscura, sin luna. La senda miserable del ganado, sólo dejaba despejado el camino hasta la altura de los bichos y el ramaje cerrado, del pecho hacia arriba, fustigaba con los guillomos, bujes y espinos sus caras. Los cárabos ululaban, algún jabalí gruñó asustado y se apartó del  camino. La negrura del abismo hacía el valle inmenso, sobrecogedor y angustioso para personas que no estuvieran habituadas a aquellas travesías.
                        Santiago aprovechó la marcha para recordar a su mujer y sus niños. Desahogaba los recuerdos con el vidrio de los ojos húmedos. Su compañero, ahora delante, nada imaginaba. Sus sueños de libertad, de una vida más justa junto a su familia, brotaban de su mente sin querer y los defendía en aquel momento, en una noche y un monte negros como el carbón. A veces pensaba también que si se echara a volar por la ladera flotaría sobre ese aire que de negro sería denso como la brea, tan espeso que se podría guardar cortado en el talego.
                        Llegaron a las cercanías de Peña Blanca, comieron pan, chorizo y una naranja que les dio Saturnino, el cocinero.
                          Santiago rompió el silencio de la noche.
- ¿Sabes que por aquí hubo frente? La otra vez que vine, me encontré en una carbonera vieja los restos de un hombre. No se si sería algún soldado o de uno que se quiso pasar y le tiraron. En cualquier caso, allí estaba mal enterrado, con cuatro piedras como un perro y me dio por pensar: este pobre hombre tendría una vida antes, con sus padres, sus seres queridos, su gente, sus vecinos, lo conocerían, sabrían sus anécdotas, la primera novia, tendría su pensamiento, su ideología, lo que es toda una vida llena de sentido...Y cómo se acabó todo para él, en un lugar ajeno, sin nadie que pudiera decir de él quién fue y yo veía la calavera con el agujero de la bala y pensaba esos huesos han vivido , han amado, deseado, comido, incluso matado. Tenía una historia, un sentido y entonces lo veía y me desquiciaba, el no saber algo de él...cómo se llamaba, de dónde era, cómo había llegado hasta allí, cómo murió....y me parecía injusto que fuese lo que fuese y pensase lo que  pensase, sólo pudiera mirar aquello tan solo como un montón de huesos, como los de un animal.
Por eso, me parece que la gente debe estar enterrada correctamente, por lo menos con su nombre y de dónde sea. Pero no como hicimos con Tobaris...o como hacen con nosotros cuando nos matan, que nos quitan la identidad, la vida de cada uno y nos convierten en simples animales muertos. Eso no.

V

El pinar era monótono, una mancha verde se extendía por donde quiera que miraras. Todo era monocolor, menos el serpenteo del río, pues la vegetación empezaba a amarillear por culpa de aquel verano tan seco. Era septiembre, los pájaros comenzaban a preparar el viaje y algunos  bandos de cigüeñas se habían visto camino del sur. El estío había sido tan cruel que hasta la fuente del Hontanar, aquella que siempre echaba el mismo  hilo de agua, se había agotado.
Isaac, “Isaz” para los amigos, se encaminó de madrugada  desde Huertas al Hundido para subirse una carga de leña y colocar unas lamparillas “a ver si podemos cenar unos cangrejos”- le dijo a su mujer. Cruzó todo el alto del carrascal y bajó por la senda de la  fuente de los maderos. Más tarde tomó la cuesta del Hundido. Hay que joderse -pensaba- para una carga de nada la distancia que hay que correr y encima que no te pille el guarda. Sólo la cebada que hay que echarle al mulo por la sudadera que se trae ya te vale más que las cuatro pesetas de la carga.
Quitó la albarda al macho y lo dejó atado en el llano de una carbonera vieja. La vegetación circundante la formaban sobre  todo bujes, avellanos y algún roble que escapó del hacha.  Pasó por la orilla de “la mata de los gancheros”. Una espesura de avellanos en la que los gancheros cortaban sus varas, pues decían que no había terreno como aquel para dar palos iguales y flexibles.
Bajó hasta la orilla del río y buscó buenos lugares donde echó las tres lamparillas que cebó con asadura de una oveja vieja, con la que había hecho somarro - “un poco pronto, a ver si no le caga la mosca”- . Subió ya dispuesto a coger el hacha para preparar la carga, al llegar donde estaba el mulo, había un hombre con un máuser.
- Buenos días ¿De dónde es usted?
- De Huertas.
Al tiempo salió  de la espesura Amador.
- Déjalo Sastre que lo conozco, este es de fiar. ¿Cómo estás?
Se preguntaron mutuamente, dándose la mano.
- ¿Qué, a por una carga?
- Si por aquí he venido, porque en lo de arriba si te pesca Amadeo, el guarda, tienes que llevarle la carga a su puerta y para trabajar por la cara, me bajo aquí y así me subo unos cangrejos. Y tú ¿Qué tal?
- Pues mira por aquí estamos el Sastre y yo, guardando el Hundido.
- Ya había oído que estabas por aquí.
- Y tu mujer y los críos ¿Qué tal están?
- Bien, allí se han quedado, por el huerto estarán ahora.
- Oye ¿Has visto cuando has bajado al río si ha caído el tejón debajo de mata de los gancheros?   
- Pues no me he fijado.
- Es que puse una palanza, pero el jodío lleva ya diez días y no sale. Bueno vamos a echar un trago de vino y me dices que se cuenta por el pueblo.
Caminaron cincuenta metros entre la espesura salpicada por tormos desprendidos de los farallones, hasta llegar a una gran risca que en su caída había quedado hueca formando una visera que les hacía de refugio y cocina a los guerrilleros. En la entrada había un espacio despejado en el que se situaban cinco piedras en torno a los restos de una lumbre apagada.
Amador pasó al abrigo, sacó una bota y un garrón de jamón casi apurado. Se sentaron echando algunos tragos y mientras partía el Sastre unas tajadas, “Isaz” le contaba
- La que lo está pasando mal, es tu mujer con los chiquillos y encima con lo que pasó…
- ¿La gente sabe que estamos aquí?
- Algo se dice, cuando uno tiene confianza en alguien se lo comenta. Todos saben lo que hay, ahora, no se si al alcalde y a Críspulo les habrá llegado algo y si lo saben se callan.
- Oye Isaz ¿Vas a echar algún viaje más para aquí abajo?
- No me líes Amador que te veo venir ¿Qué quieres?
- Hombre, es poca cosa, a ver si puedes hablar con mi cuñado y que te de un par de panes, una lesna y  unas tenazas, que tengo que arreglarme unas albarcas.
- Me vas a liar y al final la joderemos, yo no voy a hablar con nadie. Te lo traigo todo de mi casa, los panes, la lesna y las tenazas, pero no me pidas más, que ya sabes que cualquier día se va uno de la lengua y se arma la marimorena. Que no es que me parezca mal lo que lleváis entre manos, pero la gente entre las necesidades que pasa y el miedo, no se quiere comprometer, que es lo que me pasa  a mí.
- Pues si haces el favor nos traes eso y ya no te pido más.
- Bueno esta tarde echaré otro viaje y te lo traigo.
Isaac volvió al pueblo con la carga y un culato de talego de cangrejos. Después de comer, su mujer  sacó de la artesa dos panes y cortó un trozo de somarro para tener una atención con el Amador.
- Les dices que el somarro es de mi parte.
Bajó al Hundido y esta vez solo salió Amador.
- Toma lo que me has pedido y esto, que me lo ha echado la María para ti.
- Dale las gracias. ¡Qué bien huele esto! Asado tiene que estar teta. Ah! Que se me olvidaba, toma lo que valen los panes.
- Quita, que me vas a dar…
- La lesna y las tenazas te las dejo en un nido viejo que hay en el risco de encima de la fuente de la cierva, las coges y así no tenemos que salir otra vez a ti.
- Joder…, si no es que no os quiera ver, ni que me sepa mal el traeros algo del pueblo, pero date cuenta que los guardias a veces se ponen en la salida y te miran lo que llevas. De todas maneras cuando baje por aquí si tenéis algo de mucha necesidad, pero de verdad que sea de mucha necesidad, me lo decís y os lo hago. Pero mejor me sales tu solo que no me vea nadie más.
- Tranquilo por el Sastre que ese es de fiar. si fuéramos todos como el…
- Cuídate Amador.
- Y tu también Isaz.
Se dieron sendos golpes en los brazos y Amador se retiró a la espesura.

IV

Ángel era enlace, se dedicaba a recorrer todo el 5º sector y no paraba casi nada en los campamentos. Aquel día estaba encamado en la sierra de Fresneda, había llenado de agua la cantimplora en la fuente de la cumbre y antes de hacerse de día paró en una pimpollada muy espesa. Era verano y el calor castigaba a pesar de la sombra de la vegetación. El bochorno del monte lo incomodaba. El morral y la garrota a su lado, él tumbado en la manta abatanada que cogió del rento del Acebillo, donde comió las mejores morcillas que había probado en su vida. Estuvo durmiendo toda la mañana hasta que la altura del sol hizo que se filtraran sus rayos entre las cogollas. Despertó, abrió el morral, sacó un poco de tocino con pan y comió. Después tomó un taleguillo que contenía nueces ya peladas, de las que cogió un puñadete y se lo metió en la boca de una vez. Guardó la comida y extrajo el botiquín. Se le había hecho un uñero en el dedo gordo del pie derecho y veía las estrellas, pensaba: “buen oficio me he buscado para curar esto”. Retiró con cuidado la esparteña y el calcetín, con patata incluida en el talón. “Este dedo tiene una pinta asquerosa con este color amarillo”, decía para si. Separó el padrastro de la uña y echó yodo. Le escoció y tras limpiarlo con la gasa dejó el dedo al aire libre. Al salir del campamento de la Ribera aquella noche no tenía el dedo en ese estado: “En cuanto llegue al Hundido meto el pie en el Tajo y no lo saco en dos semanas”.
Abrió la libretilla que hacia de diario y de la que arrancaba hojas para dejar recados en las estafetas. Aquellas jornadas que iba de un lado a otro y tenía que hacer “día” por mitad del camino él solo, sabía que no hacía nada más que darle vueltas a la cabeza. Pensaba en su situación y en su madre. La soledad y el inmovilismo lo condenaban y se desahogaba escribiendo o leyendo algo de la propaganda que trasladaba o “el Guerrillero”. Le gustaba leer la sección de los partes de operaciones en los que había participado. Aunque siempre los engordaban un poco para darles más bombo, en esencia así era, pero en la forma esas frases que añadían, sabía que no eran reales como: “Todos los presentes pidieron que se hiciera justicia con aquellos ladrones del pueblo”. Cuando lo cierto fue que en aquel control de carretera en el Martinete, la gente que volvía de la feria de Villa Franco, no dijo nada y bastante cabreo llevaban por cogerles algo de dinero.
Anotó los recueros de su madre, sobre lo que pensaría de él y lo mal que por su culpa lo estaría pasando. Escribió también pensando en el día que la guerrilla triunfara derrocando al asesino dictador y pudiera volver a su vida tranquila, en su faena. Los domingos beber unos chatos y echar una pelota mano en el trinquete y sobre todo intentar rondar a María, la chica que le hacía bullir el estómago, si es que no estaba apañada con otro.
En esto, oyó Ángel un perro latir cerca de allí, se apresuró a ponerse el calcetín y la alpargata, lió la manta y sacó la pistola. El perro se acercó y le hostigaba desde fuera de la pimpollada, al tiempo escuchó la voz de un chaval:
- ¡Vamos Canela métete!
Y como caída del cielo, por poco no le dio una piedra en la cabeza. Su reacción fue instintiva:
- ¿Qué pasa, qué no puede cagar uno tranquilo o qué?
- ¡Hostia perdone!
El chico, seguramente resinero, se retiró corriendo. Ángel aprovechó su marcha, para trasladarse hasta otro punto oculto por si llegaban visitas más peligrosas.

III

Aquellos años vistos ahora con el paso del tiempo fueron frenéticos en cuanto a la tensión en la que vivíamos. Yo pasé a España desde Francia en el invierno del 44 después de la operación de Arán, y tras un sinfín de penalidades llegamos hasta los límites de Cuenca, Valencia y Teruel. Allí estuvimos hasta que poco a poco fuimos conectando con otros grupos que estaban cerca, procedentes también de las incursiones pirenaicas y con dirigentes del partido en Valencia. Yo venía del movimiento anarquista, al principio no, pero cuando ya se organizó la Agrupación Guerrillera de Levante, parece que estábamos como peor mirados los libertarios y no se confiaba tanto en nosotros para las operaciones. Así que decidí hacerme del partido comunista porque los que habían organizado aquello eran ellos y si ibas a estar en el monte en las condiciones que estábamos mejor estar todos a una, al fin y al cabo los socialistas no apostaban por la guerrilla, la CNT no tenía organización para presentar una lucha así de ordenada y yo lo que tenía muy claro es que era y soy antifascista por encima de todo. Entonces no me importó en exceso el afiliarme al partido. También te digo que si no me afilio nunca hubieran confiado en mí para estar al mando de una guerrilla como estuve en Cuenca.
La vida era tremendamente dura. Figúrate, poco antes de la guerra acababa de terminar la normal y cuando estalló me fui voluntario por los frentes enseñando a leer a los milicianos. Había un analfabetismo tremendo, porque a pesar de que la República hizo mucho, el retraso que llevábamos era brutal. Figúrate, yo el monte no lo había  pisado nada más que de paseo o con los escolares cuando íbamos de colonias a Rochafrida, así que me costó adaptarme. A los que daba gusto ver caminar eran los lugareños que se unieron a la guerrilla por miedo a ser detenidos. Eran resineros, campesinos, algún ganchero, pastores…ellos me enseñaron a hacer camas con cogollos de romero hincados en la tierra y luego boj encima, ellos lo llamaban buje. También me enseñaron a hacer torta amasando la harina en una piel      de oveja y a cocerla luego en una  piedra al lado de la lumbre.
Tenían un sexto sentido para la supervivencia. En determinadas cosas me dejaba aconsejar por ellos, aunque yo llevaba el mando del grupo. La mayor parte de los cuadros que mandaban de Francia caían por la poca prudencia con la que funcionaban, pensaban que esto era como allí, que todo el mundo miraba bien a los maquis y que si no colaboraban, al menos la gente tenía  un silencio absoluto sin una denuncia. Aquí era otra cosa. Franco y su falange sembraron un terror a través de la guardia civil que ahora vosotros los jóvenes no lo podéis ni imaginar. Las contrapartidas desconcertaban a la gente que salía al campo, no sabían si denunciar o no, los registraban cuando salían del pueblo. Los que nos suministraban llevaban una vida muy difícil porque no podían comprar más de la cuenta, ni cocernos pan, pues siempre había algún confidente de la guardia civil o de falange que daba cuenta y los  registros y palizas a la mínima sospecha estaban a la orden del día.
Aquello era muy duro. Las marchas tan largas de noche, pegando tropezones y dejándote la cara marcada con las zarzas y espinos que no veías. Un compañero casi perdió un ojo al pincharse con una púa de espino. Lo pasamos muy mal, pero había que estar allí. Al principio teníamos una moral tremenda, pensábamos que íbamos a acabar con Franco en cuatro días ¿Cómo iban a permitir los aliados, que habían vencido al nazismo, un régimen en España de iguales condiciones? Pero mira lo que pasó: cuarenta años y hasta ahora. La transición a costa nuestra, ni siquiera se reconocieron los muertos que quedaron en el camino, ni las vidas destrozadas, ni los años de la juventud que nos robaron, nada, que tristeza, que injusticia. Nadie quiere revancha, ni por un instante. Pero encima que hemos sido los que defendíamos la legalidad, la democracia, encima, tenemos que agachar las orejas y callar para hacer la transición y hasta pedir perdón .Que se hicieron atrocidades, está más que claro. Pero en cuanto a lo que se defendió, ellos son los que tendrían que pedir disculpas. Perdimos la guerra civil, perdimos en la guerrilla y perdimos el reconocimiento que nos debía haber hecho la democracia. Ahora, pasando la página, alegan que se pueden abrir heridas… las suyas claro, porque las nuestras están sangrando desde hace más de setenta años y no las quieren curar ni siquiera con un poco de dignidad y reconocimiento ante la sociedad. Que me da igual un gobierno que otro, porque los socialistas (como dicen ahora los jóvenes) han pasado de nosotros ¡En fin que con estas cosas uno no sabe que pensar!
Yo pertenecía al 5º sector, operábamos por el norte de Cuenca y los montes Universales. No era un teatro de operaciones muy adecuado para la guerrilla, no por el espacio físico, sino por la poca población dispersa entre el monte. Al contrario de lo que  ocurría por la zona de Teruel, donde estaba todo lleno de rentos, mases, que les llaman por allí. Además Cuenca ha sido muy de derechas siempre, pero los puntos de apoyo que encontrábamos eran una gente estupenda. Las mujeres sobre todo, hacían maravillas para poder cocernos pan, conseguirnos medicinas y todo lo que necesitáramos sin levantar sospechas. Yo creo que si no es por las mujeres, no hubiésemos aguantado aquellos seis largos años.
También me preguntas en tu carta por la retirada a Francia en el 52. Pues bien,  salimos desde la zona de Cortes de Pallás poco tiempo antes y cerca de allí mataron a un gran guerrillero que le llamábamos Paisano. Nos quedamos sin guía, muerto en un tiroteo y la guardia civil sabiendo los pasos que íbamos a dar para salir a Francia.
La ruta fue muy dura, sin comida, sin saber por donde pisábamos. Nos perdimos en varias ocasiones, lo que nos salvó de tener encuentros, pues desconcertábamos a los civiles que nos esperaban en otros puntos.
Lo que sentí cuando cruzamos finalmente la frontera no lo puedo explicar. Las lágrimas inundaban mis ojos, como ahora me ocurre al recordarlo. Pero si quieres saber la sensación que me produjo, escucha la romanza de Salvador  Bacarisse, músico exiliado en Paris, amigo mío, que le conté esta peripecia y me gusta pensar que esta pieza la compuso pensando en la marcha de los guerrilleros por la montaña (aunque lo cierto es que nunca se lo pregunté).
Sin más, me despido esperando haberte sido de ayuda.

II

Mateo me enseñó a leer cuando tenía siete años. Vivíamos en el rento de Doña Blanca. Yo iba desde la casa al pajar que dista cuatrocientos metros  y le llevaba la comida en un saquete para que no se viera, pues los del rento de enfrente no eran de mucho fiar. Allí, en el pajar, me corregía los deberes que me ponía y con esas cuartillas es como aprendí.
Debió de ser para la primavera del 45, cuando estaba por allí un hombre que cavaba acequias, limpiaba las regueras y hacía calzaizos. Le decían “el Palero”. Un día se presentó en mi casa buscando trabajo, pues como después de la guerra estaba la cosa tan mal…. Vino con una mano delante y otra detrás, como mendigo, y claro ¿Con quien iba a tener relación? Pues con “pocarropa”, no se iba a juntar con los señoritos. Y así entabló amistad con el sastre de la Avecilla, que además cortaba el pelo. Este hombre era cojo, tenía un gran corazón y le dejó al Palero una cuadrilla para que se apañara. Este sastre ayudó en lo poco que pudo a los guerrilleros que estaban escondidos en la comarca, entre ellos al que teníamos nosotros, ya he dicho que se llamaba Mateo, o por lo menos así es como le decían. El sastre recogía comida, ropa o alguna perra gorda entre los de izquierdas de su pueblo para ayudar a los maquis porque al final lo sabía toda la comarca, pero los guardias no se metían, por miedo o eso es lo que pensábamos entonces.
Como era natural, el Palero que intimó con él, le preguntó si necesitarían en mi casa sus servicios y así es como se presentó diciendo que venía de parte del sastre de la Avecilla. Mi madre que no podía ver a nadie pasando calamidades le dio ropa, de comer y mi padre le preparó faena haciendo acequias y apañando las parás que retenían las avenidas. Como venía de parte del sastre, que era íntimo de mi padre, ya sabía poco más o menos a quien teníamos escondido y porqué. Dijo que él quería ayudar también en lo que pudiera para aminorar la carga que suponía el mantener aquellos hombres. Aunque a nosotros no nos hacía falta pues en el rento criábamos de todos los bichos: gorrino, gallinas, ovejas y del huerto nunca faltó nada y harina no digamos, nosotros, hambre, lo que se dice hambre no pasamos.
El Palero, que no acierto ahora a recordar como se llamaba,  conoció a Mateo y charlaban. Cuando iba a llevarle la comida y a que me pusiera tarea, recuerdo, algún día,  verlo con aquel mendigo hablando.
Se acabó la faena para el Palero, y caminó a un pueblo de al lado del rento, que se llama Canales, recomendado por mi padre a casa de un buen amigo de la familia, también de izquierdas y que conocía la situación de Mateo. Antes de irse el Palero, mi madre le dio un taleguillo con merienda, un pan, jamón…vamos para que se valiera hasta que le dieran en la casa que iba a ir. En  Canales estaría una semana y entonces fue cuando ocurrió la catástrofe de la comarca. Nosotros no sabíamos nada, la guardia civil llegó a mi casa y detuvieron a todos, menos a lo hijos pequeños. A mi padre le fueron pegando hasta Canales delante de mi madre y mis hermanos mayores, aquello fue horrible, nosotros nos quedamos con los abuelos. Detuvieron a más de cincuenta personas en toda la comarca, a uno que le decían el Alemán, que era de la CNT, le partieron un brazo y  varias costillas, tardó muchísimo hasta que se recuperó.
Por fortuna, Mateo y los otros maquis que estaban escondidos por la comarca, se habían ido dos días antes con un enlace del PCE que habían enviado desde Valencia para incorporar a los escondidos a la partida que había organizado uno que le decían Delicado, de esto me enteré luego. 
Cuando llegaron mis padres al cuartelillo de Canales, separaron a mi madre para interrogarla, mientras a mi padre le daban una paliza de muerte. Le preguntaron a mi madre si conocía el talego que le mostraron (era el que le había dado al Palero) ella dijo que no lo reconocía como suyo. En ese momento se volvió un guardia de los muchos que había y dijo: “¡No me lo negarás a mi!”…era el Palero con los galones de capitán de la guardia civil.

I

Sagrario lloraba y lloraba, arrinconada al pie de las escaleras del colegio.
-¡Tú padre es maqui! ¡Tú padre es maqui!
Le gritaba Román, un niño dos años mayor. Un roce sin importancia les había llevado a discutir a la salida de clase. Algunas amigas los rodeaban y rogaban a Román que la dejase. El barullo llamó la atención de Carlos, que había tardado en salir del aula. Tenía la misma edad que Román y su padre había estado encarcelado siete años después de la guerra y aunque hacía tres años que había salido lo tenían bien vigilado entre los de falange y la guardia civil.
-¡A que no vuelves a repetir eso¡- Le amenazó.
-¡Las veces que quiera! ¡Su padre es maqui, y es verdad que me lo ha dicho el cabo Marcos!
-¡Pídele perdón!
-¡No me da la gana!
-¡Pídele perdón!...
Los críos se enzarzaron y la fortaleza de Carlos acabó bloqueando a Román, al doblar su brazo y bajarle el cuello. Le arrancó un perdón que sirvió a Sagrario para emprender una carrera hasta la casa, donde su tía le preguntó que le había pasado para llegar tan sofocada.

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La niña se entretenía con el agua, cogió dos ramitas de buje y le dijo a su tía Maria:
- ¿Cuál te pides?
La mujer estaba poniendo los golpes de judías mientras  su marido iba por delante apañando los surcos.
- ¡Venga, dime cuál te pides!
La mujer casi sin mirar señaló una.
- Pero venga déjate de carreras y ayúdame.
La pequeña corrió a la reguera que pasaba por la cabecera del huerto y dejó caer las ramas a la par. Avanzó diez metros más para marcar la meta cruzando una vara vieja de las judías. Las cobollejas fueron llegando y gritó:
-¡He ganado yo tía!
Entonces apareció un vecino del pueblo de El Carrizal y desde la entrada del huerto llamó a Manuel y a María, ésta le dijo a la niña que terminara de sembrar el surco que le quedaba. Cogió la azada entre sus pequeñas manos y sembró las judías sin que le costara esfuerzo. En el último golpe, mientras hablaban los tres adultos, la niña se dedicó a colocar las dos judías, las enterró y lo marcó con un palito para ver cuando nacieran que mata tiraba más,  la de su tía o la suya. Estaba en esto cuando le sorprendió la exclamación contenida de su tía llevándose las manos a la cara, mientras que Manuel, su marido, la sujetaba. La pequeña se quedó parada mirando la escena, mientras oía a su tía decir con mezcla de llanto reprimido y desesperación:
- ¡Qué la niña no se entere!... ¡Qué la niña no se entere!
La pequeña Sagrario se acercó asustada sin entender nada.
- ¿Qué pasa tía?
- No pasa nada – Le dijo llorando.                                      Pero la cara de su tío Manuel se volvió hacia la pequeña y agachándose la sujetó  con toda la ternura del mundo susurrando:
- Han matado a tu padre

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Fui a hablar con Antonia, la conocía desde hacía años, había nacido en El Carrizal y de allí no se había movido. Pensé que me podía informar de los sucesos que estaba investigando, de los cuales sólo tenía referencias de archivos y artículos de revistas. Como siempre, Antonia me recibía con una sonrisa y su forma de hablar tan peculiar a consecuencia de la sordera.
- A ver Antonia, que te vengo a interrogar.- Le dije voceando y medio en broma.
- Pues tú dirás.
- Bueno, te cuento. Aquí en El Carrizal hubo varios sucesos con los guerrilleros, vamos, con los maquis para que me entiendas.
- Sí claro, por aquí anduvieron mucho y hasta hubo uno de aquí.
- Esa era una de las cosas que quería saber. Eso, lo del coche de línea y lo de un maqui que mataron aquí en la Revuelta. Cuéntame lo que quieras primero.
- ...Pues lo del coche de línea no fue más que cruzaron unas piedras en la carretera en la caída del puerto para acá. Le echaron el alto, iba un guardia dentro y al bajar hizo intención de sacar la pistola y le pegaron un tiro. Que si no hace por sacar la pistola, no lo matan, porque uno de los maquis le renegó al que disparó. Quemaron el coche, pero los maquis no pudieron coger las perras de los pinos de Chaparrosa, que las iban a traer ese día en el autocar y era lo que buscaban. Se ve que no se fiarían o les habían dicho algo bajo cuerda. El caso es que cogieron y se vinieron por la mañana con un coche particular.
...¡Ah! También iban a por el chofer del autobús, pero se confundieron de nombre y no acertaron a que era él. En un descuido, el conductor y el cobrador salieron corriendo y no aparecieron en toda la noche. La gente llegó al pueblo andando ya tarde y esos dos, que no aparecían. Al día siguiente cuando salieron a buscarlos temprano, los daban por muertos, y no mucho uno había pasado la noche en lo alto de un pino y el otro en un reguero.
Y que más te cuento... lo del maqui ese que mataron en la revuelta… a ese lo vi  por la mañana ya muerto, lo tenían tapado con una manta. Yo iba a por leña y me apartaron del camino. Por lo que dijeron era uno de los importantes y con unos papeles que llevaba pudieron acabar con toda la organización que tenían.
Otro caso  muy sonado fue cuando mataron a palos los guardias a uno de La Hoya. Por que aquí la guardia civil ha hecho barbaridades, unas palizas y unas cosas que para qué. Casi preferías encontrarte a los maquis que a la guardia civil, porque los del monte todo lo más te pedían algo de pan, te preguntaban sí había cuartel en el pueblo y dónde estaba y se acabó, que fue lo que me pasó a mí estando regando en la Nava.
Al pobrecico  de La Hoya, se liaron a darle palos en el corral del cuartel. Era la víspera de Santiago, que es patrón de El Carrizal y el hombre venga a pedir auxilio. La gente se concentró alrededor del cuartel. Pero qué iban a hacer si era la guardia civil la que le estaba dando. Poco a poco la voz del hombre se fue apagando. Al final sólo se oía como si le pegaran a una bota de vino, y la gente al ver la marcha que cogía la cosa, se fue yendo. Lo último que se oyó es que le achucharon el perro que tenían y ya lo remató. A la madrugada siguiente sacaron el cadáver y en la curva del mojón lo tiraron y le dieron unos tiros. Esa mañana yo iba a atar alfalfa y oí los tiros. Luego dijeron que se había querido escapar, pero quiá, tontunas... ¿Desde cuándo los muertos se escapan? Que hicieron el paripé y se acabó. Fíjate si estaría muerto, que por la noche le dijeron a uno del pueblo, que era falangista y tenía una camioneta, que sacara al de La Hoya fuera del cuartel.  Este, con la autoridad que le daba lo de ser de falange, dijo que él no transportaba muertos. Y mira por donde que aquélla noche pillaron a uno de estraperlo, uno que era de Villa Franco y le hicieron que sacara el cadáver en el mulo que llevaba. Entre los que le dieron la paliza estaba el cabo Marcos y otro que le decían Cerezo que era más malo que el sebo. También había otro que las mataba callando, lo conocíamos por el Rayas. Estuvo también cuando mataron al de la Revuelta y a otro de Las Minas, que a este lo sacaron de su casa, por la noche, unos guardias disfrazados de maquis, lo mataron y lo enterraron en una carbonera.
- Antonia ¿qué me puedes contar del  maqui que hubo de  aquí?
- Pues que era muy bueno, se llamaba Julián Santón, trabajaba de resinero y caminó con su padre a picar pinos a La Ribera, allí vivía y allí se casó, que por cierto, una hija suya pasa aquí muchas temporadas. El resto del año está en Madrid, y no mucho, está aquí ahora. Que a ella la crió una hermana de este maqui, porque no tenía familia y ellos pasaban apreturas en La Ribera. Si quieres habla con ella, es una bellísima persona, yo no se más que lo mataron por ahí abajo, por la zona de la Campiña. Y ya no sé qué contarte más.
- Muchas gracias, es una información muy interesante. Sobre todo saber que tiene una hija aquí.
- ¡Ah bueno! No te he dicho, que a mi hermano que era resinero, le dejaban en los tarros de la resina papeles con notas y resulta que eran los guardias para probarlo a ver si denunciaba.
- ¿Qué ponía en las notas?
- Yo qué sé... pues… “Hemos estado aquí, tráenos mañana pan” y cosas así que tenía que denunciar en el momento y claro...después de una hora de camino para ir a la mata que resinaba, si no era más, vuélvete a dar cuenta al cuartel. Esto día sí y día no, y le tenían un trajín que para qué.
- Antonia ¿Cómo se llama la hija del guerrillero?
- Se llama Sagrario, si vas ahora seguro que la encuentras.

Me acerqué a ver a Sagrario. Había un coche en la puerta. La casona estaba separada del pueblo y el robledal la envolvía, hasta donde lo dejaban los frutales que rodeaban el edificio.
No sabía cómo presentarme.
- Buenas tardes- me acerqué a un señor mayor que andaba faenando por la puerta
- ¿Vive aquí Sagrario Santón?
Sí, es mi mujer- la llamó
- ¡Sagrario!
- ¡Buenas tardes! ¿Es usted la hija de Julián Santón?
La mujercilla, menuda y con gafas, cambió su expresión. Contestó que sí.
- Verá, es que estoy recogiendo datos sobre la guerrilla en Cuenca y por lo que he encontrado, creo que su padre estuvo con ellos.
La mujer se echó a llorar.
- ¡Mi padre! Sí... mi padre...- No podía articular más palabra.
Su marido intentó tranquilizarla, e hizo que se sentara en una mesa  bajo las ramas de una membrillera.
-¡Mujer sé valiente y cuéntale a este señor lo que sabes de tu padre! Que ya está bien de callarte, que se conozca la verdad.
Todos respetamos su llanto y al final rompí el silencio preguntando por Julián.
- ¿Qué te voy a decir?... Que era mi padre. Que tenía un corazón que no le cabía en el pecho. Vivían en La Ribera, aunque él era de El Carrizal. Me crié aquí porque una tía mía, hermana de mi padre, no tenía críos y como estaba la cosa tan apretada, pues me quedé con ellos. Yo entonces era una niña. En La Ribera mis padres tenían una tiendecilla. Mi padre se llevaba muy bien con el capador, que era el que tenía relación con los guerrilleros, maquis, que les dice la gente, y  bandoleros los guardias ¡Vamos que llamar a esos hombres bandoleros! Si lo único que querían era que volviera la democracia y acabar con Franco.
…Bueno, como tenía comestibles iba a Cuenca a por género y allí les compraba a los guerrilleros lo que necesitaban. Algunas veces volvía a casa sin nada y mi madre le decía: “Julián, ¿Cómo vuelves así?” y él: “Si es que no tienen cómo conseguir comida ¿Cómo les voy a dejar que pasen hambre?” Y mi madre le respondía: “Julián  que te van a liar” como así pasó. Una noche tomaron el pueblo los guardias. Mataron a dos cuando querían escapar, a otros los detuvieron, pero mi padre huyó. Aquella noche los guardias robaron de nuestra tiendecilla todo lo que quisieron.
Se unió a los guerrilleros y al final lo  mataron en Sierra de Arcos. Mi madre fue a ver el cadáver, pero no le dejaron. Recuerdo perfectamente cuando me enteré, estaba sembrando judías con mis tíos... que eran como mis padres.
- ¿Sabía que está enterrado en aquel pueblo?
- No lo sabía, porque de esto es la primera vez que hablo, así, abiertamente.
Le dejé el libro sobre el que trabajé la AGL de Fernanda Romeu y le marqué una página en la que Julián, conocido en la guerrilla como “El Valencia”, escribía a Pasionaria el relato de su subida al monte en forma de carta versada. Le conté como en Santa Cruz de Moya cada año hacían un homenaje a los guerrilleros. Reuniendo a muchas personas y todas sabían que estos hombres no eran los bandoleros que Francisco Aguado insultaba en su libro, sino luchadores por la democracia. Así lo reconocían cada primer domingo de octubre.   

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A la semana, viajé a Sierra de Arcos, donde recogí un romance que había compuesto un punto de apoyo de la guerrilla. Este señor estuvo con los maquis el día anterior del asalto al campamento en el que murieron “Valencia” y “Navarro”.

A la semana, viajé a Sierra de Arcos, donde recogí un romance que había compuesto un punto de apoyo de la guerrilla. Este señor estuvo con los maquis el día anterior del asalto al campamento en el que murieron “Valencia” y “Navarro”.

 

ROMANCE DE VALENCIA Y NAVARRO

 

Esta es la historia, señores
del Valencia y de Navarro
dos que se echaron al monte
y en el monte han acabado.

Estando por los Navares
situado en Sierra de Arcos
no sabían que la muerte
les llegaba el mes de mayo.

Guardando el campamento
que Roberto ha levantado
han quedado solo ellos
los demás van patrullando.

Resinero que caminas
buscando los pinos altos
¿Por qué vendes la guerrilla?
Con lo bien que te ha tratado.

“Señor cabo, yo los vide
cuando estaba allí picando
si no había veinticinco
es que no estamos hablando”.

“Vamos fuerza para arriba”.
Los Navares han copado
cuando Valencia se afeita
y Navarro está estudiando.

Ya se lía el tiroteo
ya Valencia cae rodando
y Navarro sobre un pino
también muere acribillado.

Los bajan con una mula
al corral de los ahorcados
con la orden “que los maquis
no se entierren en sagrado”

Esta es la historia señores
del Valencia y de Navarro
que luchando por ser libres
siempre serán recordados.

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En otra visita, Sagrario, me contó que había hablado con su madre, que vivía en Francia con otra hermana. Cuando le informó que en España empezaban a reconocer y homenajear a los que lucharon como su marido, la respuesta de la anciana no pudo reflejar mejor la crudeza de su vida “ahora se dan cuenta, ahora....demasiado tarde”.
Al año siguiente Sagrario fue al homenaje en Santa Cruz de Moya con su marido y su hijo, el mismo que le sirvió de apoyo para no cerrarse sobre sí misma el día que la conocí y ayudada por su presencia sacó la valentía para hablar. Pasó todo el homenaje llorando. La vi al final del acto por azar, cuando entre la multitud pasó su figura menuda a  mi lado. La detuve y le pregunté si le había gustado. Me miró y dijo las palabras que partieron mi corazón y mis ojos.
- Me has abierto los ojos, que ciega estaba en mi humillación, en mi miedo, todo para dentro, para dentro, para dentro...
Y abrazados entre el gentío lloramos juntos.

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Más de cincuenta años después Sagrario volvió a coger tierra de El Carrizal, como en aquel día que le comunicaron la muerte de su padre. Pero esta vez para sembrar los restos de Julián, su padre, “el Valencia”, que murió como dijo Sagrario: LUCHANDO POR LA LIBERTAD.

 

            A la hija de “Valencia”con todo mi cariño.